MALETA de madera, traje de pobre paño recosido y minúsculo capital atado en un pañuelo: así, soliños, marcharon durante décadas cientos de miles de gallegos a la aventura americana. Eran nuestros emigrantes, aliento del país repartido hoy por la inmensa tierra que va del Cabo de Hornos a la frontera que dibuja el río Grande. Su objetivo, hacer las Américas: salir de la miseria y volver a casa triunfadores, después de mil penurias y mil jornadas de tristeza. Aunque sólo fuera por respeto a su memoria, presente en la inmensa mayoría de las familias de Galicia, nuestra clase política -sobre todo la del PP y el PSdeG- no debería dar el espectáculo que hoy contemplamos con tristeza: el de haber convertido a los emigrantes en mero botín electoral. De hecho, muchos de los dirigentes autonómicos y locales de los dos partidos mencionados desarrollan desde hace muchos años una peculiar forma de hacer las Américas electorales, con la esperanza de completar con los votos obtenidos por allá los sufragios necesarios para seguir mandando -o empezar a hacerlo- por acá. La imagen de Manuel Fraga, con sus botas de siete leguas, comiéndose países como una especie de Pantagruel ávido de tierra, está ya en la retina de todos los gallegos. Pero estos viajeros ocasionales no han marchado como sus antecesores: lo hacen en avión, cargados de promesas y de algunos regalos (desde ¡pulpo congelado! hasta quincalla variada) que vienen a ser como aquellos espejos que los conquistadores llevaban a los indios. Marchan, además, frecuentemente acompañados por una corte de jefes de prensa, asesores, aprovechados y pelotas, que van de Buenos Aires a Caracas y de Montevideo a México D.?F., haciendo turismo a costa de Juan Pueblo y comiendo por tierra, mar y aire, en una especie de gran festín de nuevos ricos. Todo ello sería cómico si no resultase una auténtica vergüenza. Una vergüenza que no se merece, en primer lugar, el sistema democrático, manipulado con la intención de poner el voto emigrante al servicio del que manda en la Xunta o en el municipio de que se trate en cada caso. Y una vergüenza que no se merecen, sobre todo, unos emigrantes a los que se considera simple mercancía electoral. Es evidente que las normas deben ser cambiadas para evitar lo que ha acabado siendo un despropósito. Pero lo es también que, con estas normas o con otras, nada podrá evitar el comportamiento bochornoso de quienes creen que todo vale con tal de obtener el objetivo perseguido. Es una cuestión de decoro y, en ocasiones, de decencia. Dos palabras que parecen haber desaparecido del léxico habitual de docenas de políticos.