SI LA CORTA primavera bagdadí, antes perfumada de azahar, jazmín y rosas, desde hace cuatro años sólo huele a muerte, sangre y miedo, ahora amenaza hecatombe. El precario Gobierno de coalición de Nuri al Maliki encara el inicio del insufrible estío con el inesperado anuncio de Nassar Rubaie, el portavoz del bloque de Al Sadr, de que sus seis ministros abandonarán el Ejecutivo. El Gobierno iraquí tiene 38 carteras ministeriales, excesivas para ser eficaces, pero las seis del bloque de Al Sadr son vitales para que Al Maliki siga siendo primer ministro. Su carácter conciliador que, algunos califican de débil, la incapacidad norteamericana para garantizar la seguridad y el caos absoluto que vive el país han convertido su mandato en un infierno. Muqtada al Sadr es el cuarto hijo del difunto ayatolá Mohammed Sadeq al Sadr, asesinado junto con dos de sus hijos en 1999 por orden de Sadam Huseín, y yerno del gran ayatolá Mohammed Baqir al Sadr, también asesinado. Sin la formación religiosa necesaria ni la experiencia que da la edad, en el 2003 se encontró al mando de una amplia masa de seguidores agradecidos por la red de organizaciones caritativas promovidas por su familia. Su imprecisa ideología, su discurso exaltado y sin gran fundamento doctrinal, la pátina de nacionalismo iraquí y su decidida defensa del chiismo le han granjeado el apoyo de decenas de miles de chiíes sin recursos que ven en él el trampolín para acceder al poder vetado durante siglos de dominación suní. Sabe que, en tanto los norteamericanos permanezcan en Irak, no podrá imponerse de forma definitiva con sus milicias, de ahí esta maniobra contra el Gobierno. Maniobra que dada su inconsistencia ideológica tanto puede quedarse en un gesto, como puede hundir al ejecutivo. Un alto precio que pagar por su ambición en un país castigado ya en demasía.