¿Y tú dónde estabas, Heston?

| XOSÉ CARLOS CANEIRO |

OPINIÓN

AFIRMO que lo obvio, por obvio, es mejor no contarlo. Por lo tanto no señalaré lo que cualquier bien nacido señala: que la cosa de las armas en Estados Unidos produce náuseas. Algunos lo han dicho desde hace años y otros lo dicen cuando acontece eso que llamamos masacre. Lo malo de las armas de fuego es que matan. Defenderlas es defender a la muerte. Defenderla y no maldecirla: no pedirle que retrase su paso al pasar por nuestra puerta. Con todo, siempre podemos aprender algo, incluso de lo más trágico. Así sabemos que el ciudadano Bush se ha puesto a rezar otra vez, hábito que ejerce en los grandes lutos nacionales. Sabemos que su espíritu se conmueve más con los treinta y tantos que mueren en su masacre que en la masacre diaria que él, y otros como él, han provocado en Irak. Sabemos que la locura individual es tan dañina como la colectiva, que el terror anida en los poros de cualquier primavera y que el absurdo llama siempre a las puertas del ser (cada vez menos humano). Lo que no sabemos es qué hacía Charlton Heston mientras se oían los disparos en Virginia. Tal vez estaba dictando un manifiesto a favor de las armas, de los disparos y de la pólvora que revienta en medio de los ojos del mundo. No sabemos ni cómo ni por qué la insensatez se ha apoderado de nosotros. Tan frágiles. Las armas que defendía con ardor el presidente de la Asociación Nacional del Rifle, rostro visible de las campañas proarmamentistas, han disparado de nuevo. No sé si el viejo Charlton Heston, que hoy padece la dura enfermedad de Alzheimer, podrá recordar los relatos de Lucas y de Mateo: tan citados por su Partido Republicano. «No condenéis y no os condenarán» (Lucas 6, 37). «El que a hierro mata, a hierro muere» (Mateo 26, 52). No me gusta este mundo. Ni Virginia. Ni Irak, maldita sea.