LA indefinible mirada de las vacas viendo pasar el tren ha servido para escenificar la quietud del presente y el desasosiego ante el futuro. Antes de las temibles cuotas, Galicia era un país lácteo, el país del millón de vacas observando pasar trenes. El propio Castelao escribió que, el día en que supiéramos lo que vale una vaca, Galicia acabaría redimiéndose. Pero ya casi desterradas estas reses del paisaje, han tenido que venir los suizos, ridiculizados porque al parecer su única tradición era la del reloj de cuco, para recordarnos quiénes somos y, de paso, tasar lo que vale una vaca posmoderna, un millón de las antiguas pesetas. El medio centenar de animales bovinos de fibra de vidrio de la Cow Parade, un invento creado en 1998 en las calles de Zúrich por el comercio local para promocionar la ciudad, se desplegó la pasada madrugada por las calles de Vigo y ya se han convertido en una obsesión para los niños, que son los que de verdad entienden esto del márketing. Durante varios meses, Vigo sucederá a Nueva York, Londres o Chicago dentro de este selecto club de ciudades en las que han pastado estas figuras sintéticas. Estas vacas artificiales, rellenas de espuma, son el símbolo del arte popular en las calles y el buen rollo ciudadano, por lo que resulta un exabrupto mirarlas con indiferencia. Pero estos animales de laboratorio, de cuyo negocio se beneficiará la imagen de la ciudad y cuya subasta final irá a parar a fines sociales, esconden detrás de sus chillones colores lo que se avecina en el futuro. Algo así como una Pulpo Festival ideada por una empresa taiwanesa o el Botafumeiro Party promovido por una ONG sudafricana. Mientras las pocas vacas de ubres de verdad sobrevivirán como pueden y les dejan en esos pastos galaicos del futuro, la imagen de Galicia estará, si nadie no piensa antes en algo, en otras manos.