SE CUMPLEN los cincuenta años de un Tratado que se firmó en Roma con muchísimo miedo en el cuerpo. Habían pasado doce años de aquella Segunda Guerra Mundial que hizo trizas lo que la Primera no acertó de destruir, y nada se deseaba tanto como encontrar el modo de que no hubiera una Tercera entrega del horror. Tal era el primer miedo de aquella época aterida. El segundo tenía que ver con la Unión Soviética, con su telón de acero y con su imperialismo. Se suponía que si Moscú lanzaba sus divisiones sobre la Alemania Federal, la respuesta de la OTAN y del amigo americano tardaría tanto en producirse que, cuando tuviera lugar, las tropas soviéticas habrían alcanzado el Atlántico. Stalin había hecho buenos los efectos de su pacto con Hitler en 1939, así como las consecuencias de la ingenuidad de Roosevelt, fascinado por el bolchevique. Kruschev había denunciado las tropelías de Stalin, pero sin devolver lo arrebatado. Había un tercer miedo, que tenía que ver con la bomba atómica, pero era un miedo mucho más abstracto, mucho menos elaborado con los espectros europeos. Europa prefería prestar a la posibilidad de una hecatombe nuclear el margen de lo que podía y no podía ser. La prenuclear ya había sido, y en cuanto a lo que fuera la confrontación nuclear, Europa no tenía nada qué decir. Ahora puede decir que ha tenido mucha suerte. La Unión Soviética se liquidó por sí sola, y Francia y Alemania encontraron el placer de ensayar tanto sus posibilidades axiales como una diversidad de velocidades posibles. Convertida en una plaza Mayor de lujo para las migraciones tercermundistas, y sin demasiadas ganar de abrir la boca para con el exterior, Europa parece haber entrado en la definitiva edad de la coquetería y del pavo. Otra cosa es que sepa con quién plantear los juegos de esa edad tan cálida y altanera, si con aquellos chicos transoceánicos que por dos veces le sacaron las castañas del fuego, o con el robusto desconocido de tras-os-montes que tan pronto la presiona con la carne y el gas por el lado polaco como con las centrales nucleares por la parte marroquí.