LA PRESIÓN ecologista es demasiado fuerte y los políticos temen sus acciones. Cualquier paso antiecológico puede provocar una algarada y hacerles perder un puñado de votos. Y los votos son sagrados. Supone estar o no estar, ser o no ser. ¡Menuda diferencia! Por los votos hacen cualquier cosa, incluso tomar decisiones en contra de su racionalidad. En la última cumbre europea han optado por las energías renovables, por las que no producen gases de efecto invernadero, para evitar el calentamiento global, el cambio climático y demás. Lo que está de moda. Francia intentó, sin éxito, que la energía nuclear (atómica) de fisión fuese incluida entre las energías limpias. No en vano, el país galo goza de excelente salud energética gracias a sus numerosas centrales atómicas. El miedo atávico a la energía atómica y el temor a los ecologistas han servido para ignorar la propuesta francesa. El prescindir de la energía nuclear es un error histórico, como dice Fernando Ónega (La Voz, 16-3). Un trágico accidente, ocurrido hace unos días, en una mina de carbón rusa, deja un resultado de 106 muertos, que puede incrementarse con los desaparecidos. No dispongo de datos de todos los fallecidos en minas de carbón, pero hace poco más de un año morían 65 en México, el año anterior en China, etcétera. Como todo el mundo sabe, el carbón extraído va destinado, en un elevado porcentaje, a producir energía eléctrica en las centrales térmicas. Las muertes de mineros del carbón son una consecuencia de la generación de energía eléctrica térmica. Son muertes térmicas. Chapuzas aparte, como la de Chernóbil, no hay prácticamente ningún muerto que contabilizar por la generación de energía eléctrica atómica (nuclear) de fisión. Las muertes por el uso pacífico de la energía atómico-nuclear (muertes atómicas) son muchísimas menos que las muertes térmicas. Otro dato que los políticos deberían manejar a la hora de tomar decisiones sobre el futuro de la energía atómica de fisión.