LA NOTICIA, servida por la agencia EFE, aparecía este lunes en la página 13 de La Voz: «El portavoz nacional del BNG, Anxo Quintana, aseguró ayer que el nacionalismo es "incompatible" con el "clientelismo y con cualquier clase de corrupción" y afirmó que su partido apuesta por la "la transparencia, la equidad y la democracia participativa"». Como decía un tabernero de mi pueblo: «estopendísimo». No sabemos, por desgracia, si el BNG es también incompatible con otros males que, como la corrupción y el clientelismo, están asociados a la naturaleza de hombres y mujeres -la aerofagia o la alopecia, por ejemplo-, pues sobre esos asuntos, pese a ser de su ramo, nada ha dicho el vicepresidente de la Igualdad y el Bienestar. Pero tranquiliza, en todo caso, su fenomenal declaración, pues nos permite juzgar desde ya con otros ojos hechos que, de ser el Bloque compatible con la corrupción y el clientelismo, quizá nos hubieran inducido a confusión. Por ejemplo, todos los saraos para la tercera edad que organiza Anxo Quintana, como vicepresidente de la Igualdad y el Bienestar. Esas celebraciones a mesa puesta y Superpiñeiro animador fueron inventadas por el anterior presidente de la Xunta, quien pretendía con ellas lo que en su día denunciaron el Bloque y el Partido Socialista: utilizarlas como un medio para asegurarse los votos de los ancianos de Galicia. Es decir, como un instrumento de política clientelar al servicio del Partido Popular financiado con cargo al presupuesto. La Vicepresidencia de la Igualdad y el Bienestar ha seguido con las fiestas tal y como las había concebido Manuel Fraga -los mismos ancianos, similares paparotas y ¡el mismo animador de la función!-, pero ahora, una vez conocidas las incompatibilidades del Bloque según Anxo Quintana, sabemos que la finalidad no puede ser la clientelar, sino otra diferente: ¿contribuir al desarrollo de la hostelería?, ¿fomentar el gusto por la canción ligera de nuestra ancianidad?, ¿ayudar a Superpiñeiro a amasar un capitalito? ¡Chi lo sa! Lo que es aplicable a los saraos lo es también, sin duda alguna, al sistema de libre provisión del personal de las galescolas impulsadas por Quintana, un sistema que, ¡hale hop!, ha dejado de ser clientelar por el mero hecho de que lo utilice el Bloque y no el PP. Ese invento de las incompatibilidades resulta, en suma, realmente portentoso. Viene a ser, salvadas las distancias, como aquel del que se beneficiaban los corsarios que, por tener una patente de corso concedida por el rey, practicaban la piratería, pero con la tranquilidad de quien simulaba estar ejerciendo una respetable profesión.