HAY TEMAS sobre los que sólo se puede escribir con temor y temblor. Yo no he vivido, en primera persona, una situación como la de esta mujer, Inmaculada Echevarría, aquejada de una distrofia muscular progresiva. Sí he sido testigo de la enfermedad de un hermano de mi madre, que falleció a causa de un mal similar, la esclerosis lateral amiotrófica. Una enfermedad terrible y cruel; muy dura para el paciente y para toda su familia. Ante la muerte de Inmaculada podemos preguntarnos si nos encontramos ante una renuncia al encarnizamiento terapéutico -es decir, ante la negativa a obstinarse en proporcionar al enfermo tratamientos inútiles que en nada le beneficiarán- o ante un caso de eutanasia; ante «una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor», tal como definió la eutanasia el papa Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae . Por los datos de los que dispongo, estimo que se trata de un caso de eutanasia. Inmaculada no era una paciente en estado terminal. El recurso a un respirador artificial le sirvió para vivir durante años. No se puede considerar, por consiguiente, como un medio desproporcionado, sino como un tratamiento de mantenimiento, similar a lo que puede suponer un marcapasos para un enfermo del corazón o la diálisis para un paciente aquejado de una enfermedad renal. Quizá Inmaculada podría haber rehusado, en un principio, el respirador, por la incerteza que podría suponer la eficacia de ese tratamiento. Pero una vez experimentada con éxito la validez de esa ayuda, que le ha permitido una vida consciente durante años, no parece normal empeñarse en rechazarla. Si se plantea la duda, la presunción ha de ser a favor de la vida: «Si a pesar de todo permanece la duda, la actitud moralmente prudente será la de abstenerse de correr el riesgo de hacer algo inmoral, viejo principio de gran eficacia» (Comité para la defensa de la vida de la Conferencia Episcopal Española, 100 cuestiones y respuestas sobre la defensa de la vida humana y la actitud de los católicos , 95). En cualquier caso, lo más triste sería que la sociedad, en lugar de ayudar a dar razones por las que vivir, animase a los enfermos a solicitar la muerte como única e inevitable salida.