Carretera e identidad

| XOSÉ CARLOS CANEIRO |

OPINIÓN

CUANDO el anterior presidente de la Xunta habló de la «autoidentificación» señaló el concepto clave de nuestro presente. El anterior presidente era un hombre que tenía en el futuro su norte, por eso nos colocó la Cidade da Cultura, el último de los célebres misterios del hombre. Digo misterios porque a estas alturas, a uno, que es un hombre de fe, no lo ha iluminado el Espíritu Santo para conocer las transmutaciones provocadas por la city de la cultura. Transmutaciones, transmigraciones o transformaciones. Hablo de los intelectuales y políticos que antes la veían mal y ahora la ven bien: misterios. Pero de la city ya he comentado tantas veces que hacerlo otra vez me aburre. Hoy el equilibrista prefiere deslizarse por otro hilo, más de aquí, más identitario: la carretera gallega y, en especial, la AP-9, prodigio o paradigma del buen servicio público. Fraga lo dijo, la «autoidentificación» va más allá del regionalismo y del nacionalismo. Ella le dice al mundo quién somos y qué queremos ser. No lo dudemos más: nosotros somos nuestras carreteras. Somos la AP-9, en reformas desde que este periódico dijo lo que tenía que decir. Es el efecto Pavlov que produce este periódico: La Voz cuenta la verdad y el sujeto causante de la noticia se pone manos a la obra para que la verdad sea otra. La AP-9, queridos conductores, que nos sangra los cuartos y nos pone el ánimo como la city de la cultura: patas arriba. Nuestra nueva rebelde con causa, Begoña López, dice que no les va a pagar los 4,80 euros que les debe. La mujer retenida en el peaje marca un antes y un después, el «No nos moverán» que este país entona de tarde en tarde: cuando se le hunde un barco o cuando le cierran Ferrolterra, que también es un signo de nuestra identidad. Por lo tanto, envío recuerdos al anterior presidente por inaugurar el término autoidentitario que me sirve para esta columna. Somos nuestras carreteras, reitero. Búsquenlas, conduzcan por ellas y, si encuentran algo mejor... ellas no les devolverán su dinero. Vivimos en el país del rey Midas, pero al revés. Todo lo que tocamos (las concesiones de autopista, por ejemplo) lo convertimos en oro: oro para los concesionarios y ruina para los ciudadanos (ya ven, en la cosa de las concesiones no he hablado de las minas y demás). Galicia, en carreteras, es autopista al infierno: Higway To Hell , cantaban los AC/DC. El son continuo del desaliento. Galicia es una carretera deteriorada: donde el jefe de tráfico de Lugo dice que es «de locos» el número de atropellos en la provincia. Un país de locos, qué gran concepto. El hombre que inventó la «autoidentificación» no hubiera podido hacerlo mejor. La Cidade da Cultura, la AP-9, los atropellos... habrá que cambiar, de una vez por todas, nuestra identidad. Ésta, maldita sea, nos ha roto el alma.