Valor absoluto


CON ESTE asunto de la liberación del etarra Iñaki de Juana Chaos nuestro presidente del Gobierno ha perdido los papeles. Y no voy a analizar su decisión, porque el domingo ya lo hizo magistralmente en estas mismas páginas Roberto Blanco Valdés y yo no tengo más que añadir. Sí me voy a detener en una frase que Rodríguez Zapatero pronunció ante sus compañeros del Comité Federal del PSOE: «Nosotros creemos en el valor supremo de la vida». Hay noticias que te clavan en el suelo y te dejan en silencio, con ganas de quedar parado, así, por mucho tiempo. No se puede ser de esa manera. Porque, si tal fuera la profunda convicción del presidente, no podría estar de acuerdo con la actual despenalización del aborto, ni alegrarse de que nuestros vecinos de Portugal vayan a despenalizarlo, ni se esforzaría por crear un clima social tendente a legalizar la eutanasia, ni podría enviar a nuestros soldados a Afganistán, porque nada justificaría poner en peligro una vida humana. Pero no, él entiende que hay cosas que se anteponen al valor supremo de la vida. No se puede jugar de una manera tan burda con ideas tan nobles y sagradas. Antonio Machado escribió, en tiempos duros: «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón».Aprovechemos el dislate de Zapatero para aclarar que tampoco el catolicismo afirma el valor absoluto de la vida humana y extraigamos de ahí las debidas consecuencias. Sólo Dios es absoluto. En caso contrario, los mártires serían grandes pecadores y no modelos a imitar. El ser humano está llamado a una plenitud que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal: la vida en el tiempo es condición básica y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida del hombre. Un proceso que alcanzará su plena realización en la eternidad. Esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de la vida terrena del ser humano. En verdad, como escribió Juan Pablo II en su encíclica Evangelium vitae , «ésa no es realidad última, sino penúltima»; aunque, por supuesto, es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor.

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