LOIS BLANCO | O |
07 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.ALBERTO es un hombre como cualquier otro al que el pasado le trae malos recuerdos y exige su derecho a empezar de nuevo. Pero Alberto tiene también una trayectoria política a la que no puede renunciar. Cuantas más veces intente desertar, peor le irá. Los suculentos ingresos por los peajes de la AP-9 en el balance del 2006 de Audasa inspiraron a Alberto para exigir el traspaso a la Xunta de la autopista y abaratar las tarifas. La oportunidad y la solidaridad que siempre recibe cualquier propuesta para suturar la verdadera navallada de la AP-9 -su peaje, que no su construcción- han irritado a Touriño y Quintana. A cambio, Alberto renuncia a su pasado y al hecho de que fue el PP, en el 2003, el que negoció la prórroga de la concesión de la autopista hasta dentro de cuarenta años. Aquel Gobierno del PP, en contrapartida, pudo ofrecer en las elecciones municipales del 2003 sendos caramelos a los votantes de Vigo y Ferrol: la gratuidad de los tramos Fene-Ferrol y Rande-Puxeiros. Ahora caemos en la cuenta de que la mayoría de baches están en los tramos que, ¡oh casualidad!, son gratuitos. La construcción de la AP-9 fue una chapuza que duró treinta años. Por amplitud, radio de curvas y peraltado, se salva el tramo A Coruña-Santiago, pero lo demás es un lujo caro y cutre. Las sucesivas decisiones políticas sobre la autopista, desde los setenta hasta la última de Touriño de liberar el peaje de Rande para los que viven en O Morrazo, son una chapuza similar al trazado sinuoso entre Caldas y Santiago. La deserción de Alberto sigue la misma senda. Cuando todo hubiera sido tan fácil como iniciar sus reivindicaciones sobre la Autopista del Atlántico con un preámbulo: «Quiero pedir perdón, porque el partido al que pertenezco se equivocó al ampliar una concesión que ya había prorrogado el PSOE».