CUANDO por un desgraciado accidente a uno se le cae de noche la llave del portal en la acera de casa, lo mejor es buscarla donde ha caído y no alejarse hasta la farola de la esquina, como el personaje del chiste, simplemente porque hay luz. Es puro sentido común. La Comisión Europea ha decidido que los incendios forestales del pasado verano en Galicia no alcanzan los umbrales necesarios para acogerse al Fondo de Solidaridad, pero que pueden recibir recursos derivados de la política de cohesión y de los fondos estructurales. Aunque hubiera preferido recibirlos todos, lo cierto es que, dada la magnitud de unos y otros, la Comisión ha negado el acceso al monedero, pero lo ha facilitado a la cuenta corriente. Busquemos donde hay, que es mejor que continuar, como algún colega pretende, dando vueltas alrededor de una farola, además apagada. Puedo decirlo sin complejos porque en la fase de evaluación de los daños he planteado iniciativas, he defendido la flexibilidad en la aplicación del Fondo de Solidaridad y soy uno de los proponentes de una resolución adoptada por el pleno del Parlamento Europeo sobre esta problemática. Los datos finales no admiten duda, los daños computables padecidos por Galicia ascienden a 90,9 millones de euros cuando el reglamento exige 3.000 millones, y tampoco alcanzan el criterio subsidiario del 0,6% de la renta nacional bruta, sino el 0,01%. Ni aun añadiendo los daños de las inundaciones a los de los incendios es salvable la diferencia. Tampoco puede hablarse de discriminación para Galicia; el precedente de los incendios portugueses del 2003 es bien elocuente, sus daños fueron más de ocho veces superiores a los gallegos y llegaron al 0,6% de su PIB. Más práctico que abrazarse a la farola es seguir trabajando en una buena reforma del reglamento del Fondo de Solidaridad Europeo para el futuro y, todavía mejor, arrimar el hombro para que Galicia cuente con una política de amplio espectro que elimine la lacra de los incendios. La Xunta ha hecho los deberes ante la Unión Europea. La insistencia en magnificar los daños y criticarla responde a motivaciones políticas. Se trata de señalar un árbol para que no se vea el bosque, y el bosque consiste en que en el mismo mes de agosto la Xunta destinó 13 millones de euros (varias veces lo que podría aportar el Fondo de Solidaridad) para paliar los daños más graves, comprometió entre 40 y 60 millones de euros de recursos del Estado con la misma finalidad, e inmediatamente presentó un plan para restaurar el medio por valor de 126 millones de euros, que se financiará en buena medida por la UE. Por mi parte, he planteado a la Comisión la necesidad de que exista una directiva contra incendios, que se ponga en marcha un programa comunitario específico hasta el 2013, que se active el sistema Galileo y los medios tecnológicos necesarios para mejorar la respuesta y la capacidad de detección de los incendios desde el cielo y que se fortalezca la protección civil europea. La solidaridad de la UE con Galicia no tiene precedentes en la historia, ni en la cuantía, ni en el tiempo de duración. Hasta el 2013, diez años después de superar el 75% de la renta media europea, dispondremos de fondos como región de convergencia. Para quienes tienen la piedra de la ingratitud en la mano, sólo les diría que si alguien conoce un ejemplo más admirable, tire la primera.