HACE dos o tres años, no más, los cubanos podrían haber dicho, como lo dijeron polacos y chilenos en su momento, que la transición española podía ser un ejemplo que les viniera muy bien. Dos o tres años después, cuando la transición está a punto de ser pintada como una fórmula de la que se prefiere salir a gorrazos, no es probable que hablen de ella para ponerla en tan alta estima. Puede que prefieran entonces improvisar, tal cual se hizo aquí, en buena medida, y quizá tengan la suerte de acertar con la mejor coincidencia política entre las voluntades decididas a esparcir el menor daño posible. Nosotros también la tuvimos. Puestas nuestras cosas y nuestra transición en una cierta perspectiva e, incluso, teniendo en cuenta lo que puede ir de una a otra generación a una distancia de casi treinta años, quizá la miopía política no sea otra cosa que despreciar la improvisación y la buena suerte. Sea como sea, los cubanos van a necesitar de una y otra en dosis nada homeopáticas en cuanto la realidad les muestre -al igual que hizo aquí- que la inmortalidad no es un recurso de la especie humana, ni el cadáver indómito la secuela más normal del enfermo prometedor. Hecha Cuba por ahora una isla del secreto, la verdad de lo que pasa se expresa mediante detalles que parecen descuidos, y por descuidos que parecen desplantes. Así, por ejemplo, la reivindicación de un canalla como Luis Pavón Tamayo, o la aparición del hermanísimo Raúl Castro en una exposición de fotos, sin su habitual uniforme, para decir que su hermano Fidel, «usa bastante el teléfono, aunque no para llamarme a mí». No hace falta que le llame para decirle lo que Raúl Castro, ministro de las Fuerzas Armadas -que controlan la economía cubana-, sabe perfectamente: que Cuba vive del turismo en primer lugar y, en segundo, de los mil millones de dólares anuales que recibe de Miami. El azúcar es el tercero de los recursos cubanos. Con una economía así de vulnerable, y un tejido social tan desmoronado como su arquitectura, Cuba necesitará, a partir de un momento dado no demasiado distante, de alguien que sufrague y subvencione sus hipótesis de futuro. Ese alguien no puede ser otro que Miami. Tal vez Fidel no llama por teléfono a Raúl para no interferir en lo que sea que su hermano hable con Miami, o para no enterarse de que Raúl y Miami comienzan a meterse mano.