GALICIA no tiene un problema policial específico y, al contrario de lo que sucedía en Euskadi y Cataluña, tampoco tenemos ningún cuerpo tradicional que pueda dar lustre a nuestras instituciones. Por eso no hay ninguna razón para que la Xunta priorice la creación de la policía gallega, salvo la consabida imitación de Cataluña o la abstracta necesidad de desarrollar el Estatuto. Hace un cuarto de siglo, cuando yo era un joven e inexperto conselleiro, también afirmé con total rotundidad que Galicia no renunciaba a tener un modelo policial propio. Pero en modo alguno me atrevería a priorizar hoy tan incierta aventura si gobernase un país que sigue estando a la cola del desarrollo económico y social. Parece razonable que tengamos un pequeño cuerpo de seguridad para proteger nuestras instituciones y autoridades. Y que existan secciones policiales destinadas a la vigilancia e inspección de ciertas actividades sensibles y complejas cuya administración está transferida a la Xunta, también resulta una obviedad. Pero eso no sería una verdadera policía que, al igual que sucede en Cataluña y País Vasco, aspirase a sustituir las funciones de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado (investigación criminal, tráfico, seguridad y orden público). La conveniencia de revisar la anunciada creación de una policía gallega se basa en dos líneas argumentales. La primera, que no siendo previsible una transferencia financiada de las competencias de orden público, ya que la proliferación de los modelos policiales vasco y catalán es insostenible, estamos abocados a quedarnos a medio camino en las dotaciones de infraestructuras, personal y equipamientos, a no ser que decidamos enterrar en este capricho las ingentes sumas de dinero que necesitamos para otras cosas. Y la segunda, que esta tendencia a multiplicar las policías territoriales no va a favor de las exigencias del orden público actual, y que sería más moderno empezar a pensar en los cuerpos europeos que tendrán que hacerse cargo de cosas tan comunes como las fronteras, la investigación contra las redes mafiosas y el terrorismo e incluso el tráfico, antes de seguir multiplicando los cuerpos, los archivos, las demarcaciones y las comisiones de coordinación. Las razones institucionales son importantes. Pero me temo que el proyecto de policía gallega está igual de calculado que la Cidade da Cultura, y que no tardará en ser una pesadilla para un Gobierno que sigue teniendo el Sergas lleno de goteras, las universidades en la miseria, las rías contaminadas, los montes desordenados y el urbanismo en el caos. Por eso no pasaría nada si, mientras arreglamos estás cositas, nos sigue multando la Guardia Civil.