¿QUIÉN le va a decir a China que tiene que ralentizar su crecimiento porque debe contribuir a evitar el calentamiento del planeta? ¿Quién le va a explicar que no puede seguir su vertiginosa carrera para lograr vivir como nosotros? En suma, ¿quién le va a imponer que no caliente la Tierra tanto como lo hemos hecho y lo seguimos haciendo los demás? Las preguntas podrían ser interminables, y no sólo en el caso de China, sino en el de todos los países en general, ninguno de los cuales se ha tomado suficientemente en serio las graves amenazas del calentamiento global. Lo único que ha aumentado son los debates a la francesa, que consisten en hablar mucho de un tema y cobrar por ello, sin que nada cambie en la realidad. Por lo menos el Gobierno de EE.?UU. no se ha envuelto en esa retórica y ha practicado una política de agresión ecológica sin camuflaje alguno. Hasta que, hace poco, el presidente Bush, desconsolado por la impopularidad que ha cosechado en Irak, se ha apuntado -a su manera- a la sensibilidad medioambiental. ¿Para qué? Para mitigar su no mitigable imagen de ogro belicista. Asombra el optimismo de algunos predicadores de la nada que, después de pintarnos un horizonte peor que el infierno de Dante, se apresuran a aplicarnos el bálsamo de la esperanza: «No todo está perdido, el mal tiene remedio». Y nos sueltan esas filípicas bien pagadas sobre el gran acuerdo que el mundo va a lograr tan pronto como tome conciencia de la catástrofe que viene. Pero la pescadilla se muerde la cola y no nos dicen cómo se va a convencer a China de que renuncie a la conquista de nuestro bienestar, ni cómo se va a lograr que EE.?UU. deje de ser el rey del mambo calentador. Los científicos convocados por la ONU han concluido que el calentamiento existe y que el ser humano es el responsable. Lo dijeron el pasado día 2, y aseguraron que esa fecha pasará a la historia porque en ella se han despejado las dudas que había. Algo que suena increíble en boca de científicos. Porque las verdaderas dudas no eran esas, sino cómo hacer algo a tiempo, antes de que todo sea irremediable. Al parecer, esto queda para los políticos. Es decir, para los que dirigen el calentamiento. Que Dios nos coja confesados.