Otegi, las urnas y las armas

OPINIÓN

¿QUÉ SERÍA Otegi si ETA no existiera? ¿Quién haría caso a sus desplantes de matón si no tuviera detrás a los de la gasolina y la pistola? Nos es difícil responder a esas preguntas: sin la presunción de que cuando habla, Otegi lo hace como portavoz oficioso de una banda terrorista, ni Otegi sería nada, ni nadie haría caso a las baladronadas con que pretende marcar la agenda política española. Mejor dicho: sin ETA, las baladronadas de Otegi valdrían lo que valen en democracia los discursos de los restantes líderes políticos: tanto como el apoyo electoral de cada uno. Otegi lo sabe y por eso no está dispuesto a renunciar a su pequeña diferencia: que él habla con el peso horrible de los muertos mientras los demás lo hacen nada más con el peso de los votos. Esa es, de hecho, la única normalización política que el País Vasco exige y necesita: que todos sus líderes sociales y políticos tengan allí una legitimidad común -la democrática- y que sean las urnas, y no las armas, las que decidan la influencia de cada proyecto partidista en el futuro político de un territorio que lleva viviendo desde hace treinta años bajo el estado de excepción decretado por esos pistoleros a los que Otegi es incapaz de desobedecer. Y es que la violencia resulta pegajosa: una vez que uno se ha habituado a vivir amparado por ese paraguas de metal resulta muy difícil renunciar a sus ventajas para salir a campo abierto a tratar de convencer a los ciudadanos de que apoyen en libertad lo que se ha tratado durante años de imponer a punta de pistola. Otegi acaba de hacer otra oferta -¡cuántas van ya!- sobre el futuro político de Euskadi. Sería un error entrar a debatir ahora con él sobre los contenidos de ella. Ahora es el momento de decirle una vez más -¡cuántas van ya!- que si quiere debatir en pie de igualdad con los demás es indispensable que lo haga en pie de libertad, es decir, es imprescindible que Batasuna renuncie públicamente a la sucia ventaja de la que ha gozado hasta la fecha: la que supone contar con el apoyo de una banda de asesinos que ampara sus propuestas mientras persigue con saña criminal a los que defienden propuestas diferentes. Sin ETA y sin todo lo que ETA significa, Otegi podría defender en elecciones su proyecto y pedir a los ciudadanos que lo voten. Ello le permitía comprobar una vez más que la inmensa mayoría de los vascos no desean lo que Otegi quiere para ellos. Es lo malo de la democracia para quien, como Otegi, se ha acostumbrado a poner amenazas donde los demás ponen argumentos. Pues ¿qué vale el mejor argumento frente a la imparable fuerza de una bala de pistola?