EN MEDIO de tanta crispación, de tanto aburrido cruce de descalificaciones sin otro horizonte que el electoralismo más inmediato, la firma de un pacto con varios años de vigencia prevista genera esperanza. Un acuerdo para el diálogo social no resuelve los problemas, pero define un marco en el que abordarlos. E incluye cuestiones de gran importancia para encarar con posibilidad de éxito el futuro de Galicia, como es el adecuar la formación a la demanda laboral. En demasiadas ocasiones, hemos visto a cientos de jóvenes coronar con éxito largas carreras o ciclos de formación profesional para acabar, tras años de paro, en un puesto de trabajo que nada tiene que ver con la cualificación adquirida. En paralelo, muchos empresarios peregrinan de oficina en oficina y de centro en centro buscando trabajadores con un determinado perfil o una especialización determinada, sin encontrarlos. Mientras en países cercanos y muy conocidos por nuestros emigrantes, la formación está tan encaminada a la empresa que se lleva a cabo en gran parte físicamente en sus instalaciones, aquí aun siguen existiendo demasiados planes de estudios cargados de enseñanzas teóricas alejadas de la realidad social. Definir el problema es el primer paso para solucionarlo. Y el segundo, y fundamental, es la disposición a buscar esa solución en torno a una mesa, sin las descalificaciones sistemáticas hoy tan habituales en el campo de la política. Que haya representantes sociales dispuestos al diálogo y al pacto en los tiempos que corren, es una pequeña luz en la oscuridad. Ojalá sea contagioso.