De la fe al poder

| YASHMINA SHAWKI |

OPINIÓN

02 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

ADENTRARSE en los barrios bagdadíes de Adhamiya y Kadhimiya durante la Ashura es una aventura peligrosa además de desagradable. La Ashura conmemora lo que los chiíes califican como martirio de Huseín, el segundo nieto de Alí, y lo que la historia define como autoinmolación en la batalla de Kerbala del 680, al empecinarse aquél en luchar con 73 hombres contra las tropas de Yazid, que sumaban un efectivo de 30.000. Podría compararse a lo que es Semana Santa para los católicos por el sentimiento de duelo, pero no en lo sangriento de su expresión. El espeluznante espectáculo de decenas de hombres adultos y niños flagelándose, y golpeándose transforma lo que debiera ser una doliente y silenciosa manifestación religiosa en una orgía de sangre en la que cualquier movimiento o gesto fuera de lo común puede provocar una tragedia. Extrema expresión de los chiíes más fanáticos, durante décadas, se limitó su ejercicio en Bagdad a la proximidad de las mezquitas de Adhamiya y Kadhimiya, las más sagradas para los que profesan esta rama del islam. Ahora que los chiíes constituyen la mayoría en el Gobierno, la vía libre para el ejercicio religioso se extiende airando aún más a los suníes. Y es que la interpretación religiosa de la Ashura (etimológicamente derivada de la palabra que significa diez en árabe) como día del recuerdo es diferente según la rama del islam que se profese. Los chiíes ven en el resultado de la batalla de Kerbala el inicio de la grave injusticia histórica que supuso la consolidación en el poder de los Omeyas, y con ellos de los suníes. Los suníes, que se consideran musulmanes dentro de la ortodoxia, interpretan la derrota de Huseín, al margen del respeto que éste les merece, como el momento de la consolidación de la escisión y el origen de una facción heterodoxa y muy belicosa. Si el 15% de los musulmanes del mundo son chiíes, la proporción en Irak asciende al 60% y en Irán al 90%. La implicación política y estratégica del control de Irak por los chiíes afines a Irán trasciende lo religioso. Si la sangrienta dictadura de Sadam tuvo algo positivo, fue la separación del poder temporal y el religioso. El nuevo Gobierno iraquí ni eso.