ESTAMOS perdidos. Los que pasamos de los cincuenta años empezamos a ser considerados material desechable, objeto de prejubilación, o simplemente viejos, con lo que ello supone de adjetivo vejatorio en los tiempos que corren. Recientemente, un afamado médico, profesor universitario con docencia hospitalaria, reconocido nefrólogo, autor de importantes descubrimientos en el campo en el que ejerce y con amplio reconocimiento internacional, casi recién iniciado en el club de los de cincuenta y más años, como define el target demoscópico a los cincuentones, me comentaba que sus alumnos, todos ellos médicos residentes, comenzaban a cuestionar su magisterio y su futuro únicamente por razones de edad. Y añadía que tenemos que organizarnos para defendernos de las nuevas huestes que avanzan con la bandera de la arrogancia y la insolencia que les proporciona la juventud, que, como es bien sabido, sólo es una enfermedad que se cura con la edad. Pasan de ser becarios -le respondía- y mileuristas a pedir el relevo, el quítate tú para ponerme yo, al que tan aficionados somos. Y qué decir de las legiones de prejubilados de todos los sectores. Encerrados en un solo juguete, ejercitando la terapia del senderismo y haciendo kilómetros, tirando millas por todos los paseos marítimos del litoral español, nutriendo las oenegés más variopintas, y desperdiciando todo su caudal de expertizaje cuando más en forma laboral estaban. En el mercado cultural, cada cinco años, jóvenes autores redescubren el dadaísmo, la escritura automática y escriben colajes experimentales, como si nunca se hubieran antes publicado. Sólo aquéllos que demuestran una calidad y respetan el canon, aunque con variantes, sobreviven. Los pintores, escritores, cineastas y músicos suelen estar en su mejor momento coincidiendo con la barrera de los cincuenta. Ahora mismo se va a intentar una renovación casi total en las plantillas de profesionales de la comunicación de la radio y la televisión. Va a ser la primera gran perestroika en los medios de comunicación públicos, pero asimismo es un inmenso desperdicio de talento, además del valor añadido, del coste económico que sufragamos, como en todas las prejubilaciones, todos los españoles. Lo viejo, a pesar del aumento de la esperanza de vida, empieza a edad temprana. Sentimos en el cogote el aliento de los que empujan detrás nuestra, y no encontramos mecanismos para defendernos. Cuando ya la autodefensa es estéril y vana, tenemos que ir pensando en agruparnos. Lo malo, lo más triste, es que era ayer cuando pensábamos que éramos todavía jóvenes y nos hacíamos trampas en el solitario al apagar las cincuenta velas de la tarta. Luego todo era distinto a como lo contemplábamos. Va por vosotros. Os lo dice un miembro del club que ya suma alguno más.