TRAS una sesuda investigación, he llegado a la conclusión de que ni Bill Gates ni el sultán de Brunéi tienen pisos vacíos en Galicia y de que una somera ojeada sobre los propietarios de doble vivienda en el fogar de Breogán haría morirse de vergüenza al atrevido que, comportándose como un paleto ante todo lo que llega de Cataluña, pretende gravar con un impuesto los pisos vacíos. La mayoría de los propietarios gallegos de dobles viviendas urbanas -la segunda residencia es otra cosa y no ofrece soluciones donde se necesitan- fueron emigrantes que, después de pasar muchos años trabajando en la Mitteleuropa que tanto impresionara a Risco, compraron un piso para guardar los ahorros, para hacerse un plan de pensiones cuando no había planes de pensiones y para justificar con el éxito una decisión que generó su desarraigo familiar y social. Así crecieron núcleos de población como O Carballiño, Ourense y Santiago, que acumulan inversiones de difícil realización, aunque pudieron enriquecer a algunos constructores que ahora viven en un pazo y no disponen de segunda vivienda. En muchos casos estas inversiones se realizaron en inmuebles de baja calidad, que apenas tienen salida en los mercados actuales y que sólo pueden movilizarse si se malvenden a los yuppies de la empresa y la Administración que, además de haberse gastado mucho dinero en un coche de alta gama y un buen equipo de golf, aspiran a arreglarse un pisito en la ciudad, con muebles de diseño y pipermín frappé. El modelo de inversión que ahora queremos criminalizar como antisocial y especulativo fue incentivado por los Gobiernos, ya que era una forma de dinamizar la economía a costa de las remesas de divisas y sin necesidad de I+D. Y por eso me parece un abuso que, cuando todo el mundo pide rebajas en los impuestos sobre patrimonio y renta, se invente un impuesto específico para amolar al pobre trabajador que enterró todos los esfuerzos de su vida para tener un piso que le sirve para presumir, para dejárselo a un hijo o para pagar una boda glamurosa o un solemne entierro. Si quieren hacer políticas sociales, que aumenten los impuestos sobre la renta y el patrimonio -donde pagaremos todos y en puritita justicia- y que hagan pisos de bajo alquiler con el dinero recaudado. Y que ganen luego las elecciones a base de explicar a quién se le otorgan esos pisos y cómo circulan las rentas de forma tan discutible desde los ahorradores que hacen patria hacia los vivalavirgen que quieren encontrarlo todo hecho. Porque la demagogia es un asco. Y hablar de los propietarios de pisos como si fuesen una especie única y peligrosa es una bobada colosal y una enorme injusticia.