Desde Cuba


CUANDO A UNO lo transportan por La Habana en un Mosckvich que literalmente se está cayendo en pedazos, al que, para ponerlo en marcha, hay que hacerle un puente y el conductor es un médico con doble especialización, que trabaja en el mayor hospital de la isla, director del único centro de bioética auspiciado por la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y miembro de la Pontificia Academia de la Vida, uno comprende fácilmente que tiene que cambiar de perspectiva, pues una proporción mayoritaria de los habitantes del planeta no conocen las conquistas de la ciencia moderna. Es más, millones de seres humanos viven y mueren sin conocer de cerca un médico.La humanidad no puede prescindir de la ciencia y de la tecnología para garantizar su supervivencia en un mundo sostenible y humanizado. Pero existe una enorme contradicción en esto. Porque la brecha entre los países industrializados y los subdesarrollados es cada vez mayor. La ciencia y la tecnología habrán de ponerse al servicio de toda la humanidad. Esta afirmación, que suena a manida en nuestros ambientes, recobra todo su aliento, vigor y significado cuando uno circula por las calles de la capital habanera a bordo de un Mosckvich. Una de las razones por las cuales fue fundada la bioética es exactamente ésa, aunar los esfuerzos y las ilusiones de aquellos que, aun de filosofías, ideologías y credos muy diferentes, comparten la esperanza y el compromiso de luchar por un mundo mejor para todos. Todas las facultades de Ciencias Médicas cubanas tienen su cátedra de Bioética; el Comité Cubano de Bioética funciona ejemplarmente desde 1996; y el Centro de Bioética Juan Pablo II fue fundado en 1997, en el marco de la visita a Cuba de dicho papa. Compartir con ellos una semana de intenso trabajo es todo un honor para el que esto escribe.

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