Del cuento de la lechera al de Caperucita y el lobo

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

LA VOLUNTAD de buen rollito de la cumbre del G-3 en Monte Pío duró lo que tardaron los reunidos en ponerse ante un micrófono. Se acabó entonces la discusión sobre las nueces y comenzó el reparto de castañas. Nada hubiera pasado, claro está, si los tres grandes hubieran constatado lo que es obvio: que mantuvieron su posición tradicional (PP y BNG) o sobrevenida (PSdeG) en un tema que los tres consideran esencial y que el acuerdo fue imposible. ¿Culpables? Es sencillo: o todos o ninguno. Lejos de ello, y como era de esperar, el atasco final de la reforma ha provocado una verdadera zapatiesta. Pero, aun en ese caso, la cosa sería inobjetable si los partidos hubieran respetado la verdad. Touriño y Quintana habrían acusado, así, a Feijoo de ser el lobo feroz, por rechazar la definición nacional de Galicia; y Feijoo habría acusado a los del bipartito de ser como Caperucita y el lobo, solo que al revés: la Caperucita socialista se habría comido al lobo benegista para hablar con la apariencia de Touriño pero con el discurso de Quintana. Lo que resulta más difícil de tragar es el cuento chino que pretende colársenos como si fuera la verdad: que los del bipartito hicieron un gran esfuerzo de consenso y el PP boicoteó tal esfuerzo y, de ese modo, el Estatuto. Dejémonos de historias: el tema identitario que se debatía en Monte Pío era el de si, con una fórmula o con otra, el nacionalismo gallego -y, por lo que se ve, el socialismo touriñista- iban o no a poder afirmar que el Estatuto proclamaba que Galicia es una nación. Resulta legítimo, por supuesto, procurar ese objetivo: tanto como procurar todo lo contrario. No parece de recibo, sin embargo, pretender que la definición nacional de Galicia es esencial para quienes la defienden y debe ser, al tiempo, accidental para quienes la rechazan. Pues nadie ha de dudar de que la aceptación de la llamada propuesta de consenso hubiera significado el reconocimiento nacional de Galicia en la norma estatutaria. ¿O alguien cree que, de lo contrario, la hubiera aceptado el BNG? Es curioso, en cualquier caso, que en todo este debate no se haya tenido en cuenta para nada que la inmensa mayoría rechaza la definición nacional de este país. Sobre eso, los sondeos son unánimes. El último que he visto resulta poco sospechoso, pues ha sido elaborado por un equipo del que forma parte un alto cargo de la Xunta que, al parecer, es muy cercano al presidente: según él, le parece bien o muy bien que Galicia se defina como nación al 23% de los gallegos y mal o muy mal ¡al 63%! Es improbable que Touriño desconozca un dato tan extraordinariamente llamativo.