Armenios y kurdos, a pesar de Turquía

| YASHMINA SHAWKI |

OPINIÓN

22 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

TAN ALTA, desgarbada y torpe como generosa, entusiasta y alegre, fue mi tabla de salvación en el peor año de mi vida escolar. Recién llegada a Bagdad, me tocó sufrir largas horas lectivas intentando descifrar en vano las lecciones en árabe mientras me camuflaba en un rincón de una clase atestada de niñas que no deseaban comunicarse con una extranjera que no dominaba su idioma. Pero a Nadia le gustaban las novedades, hablaba bien inglés y, quizás, consciente de lo difícil que es sentirse distinta, me rescató del aislamiento. ¡Qué par de amigas! Una armenia inconformista y una gallego-kurda rebelde en una estricta institución de mayoría musulmana y sometida al control ideológico del Baaz. Nadia me ayudó a mejorar mi árabe, me previno sobre las delaciones y me contó una historia que desconocía: la de los armenios. Su familia, como muchas más, se había establecido en Bagdad a principios del siglo XX, tras ser deportada de Turquía. Pese al dolor que había supuesto abandonar su patria y todas sus posesiones, la comunidad armenia de la que formaba parte logró integrarse en lo que todavía era Mesopotamia, convirtiéndose en una minoría más del complejo puzle étnico iraquí, sin perder su tradición, su culto y su idiosincrasia. Años más tarde, perdida la pista de Nadia tras la guerra del Golfo, descubrí que, además de nuestra amistad, nos unía un lazo histórico del que nunca llegamos a ser conscientes: la larga trayectoria común como víctimas de las crueles políticas de exterminio del Gobierno turco. Si inicialmente los kurdos fueron utilizados para masacrar a los armenios en las últimas dos décadas del siglo XIX, después se unieron a ellos en la larga y tortuosa carretera de la deportación. Actualmente, hay unos 50.000 armenios en Turquía. Se calcula que los kurdos superan los doce millones. Ni a unos ni a otros se les ha reconocido su derecho diferencial, ni el genocidio al que fueron sometidos. Periodistas como Hrant Dink han luchado, afrontado procesos y sufrido encarcelamientos, e incluso dado la vida para lograr que esto cambiara, sin éxito. Su sangre derramada, su causa, como la de cientos de miles más, prueban que, muy a su pesar, Turquía está lejos de ser europea.