Fiebres

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

20 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

LOS osos no pegan ojo en el invierno ruso. En los Alpes tienen que usar nieve artificial para no cerrar las estaciones de esquí. Nieva en Malibú, sobre la playa de Venice. Los huracanes matan en Europa. Los cerezos florecen en el neoyorquino Central Park y la pista de hielo es un charco. Hay ranas y salamandras desorientadas en Lovaina. En Canadá han gastado un 25 por ciento menos en calefacción. A mí me gustaba el tiempo cuando en invierno hacía frío y llovía, y en verano, calor. Me despistan los cambios. Recuerdo el patio con unos charcos enormes, siempre. El balón en el partido de los recreos se quedaba parado sobre las pozas. Había que sacarlo a patadas, chapoteando, casi como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia . Hay especialistas tibios que dicen que, para sentenciar un cambio climático, hacen falta más datos, más años. Afirman que una cosa es el clima y otra el tiempo. Aseguran que Groenlandia significa tierra verde y que se llamaba así porque hace mucho era una pradera verde. No lo dudo, pero que le digan a los vendedores de paraguas en Galicia que chove sobre mollado como antes. Les contestarán que su recaudación ha bajado. El tiempo siempre ha sido caprichoso, pero ahora la sensación térmica que tenemos es que se ha vuelto como un crío de seis años, difícil de gobernar. Los glaciares se derriten. Los polos ya no son lo que eran. En Mugardos y Ares salvaron focas que venían desde Terranova y las zonas árticas. Las mariposas en el norte de España aparecen quince días antes por el aumento de temperatura. Y el aumento de temperatura que ha desbaratado el reloj biológico del planeta y amenaza con destruirlo lo ha provocado la mano emponzoñada del hombre, no la garra de esos osos moscovitas que ya no hibernan. De estas fiebres no salimos con vida. Tiempo al clima. cesar.casal@lavoz.es