EL DEBATE actual, verdaderamente interesante, sobre la programación docente que los profesores tienen el deber de presentar, debería centrarse, primero, en cómo conseguir motivar a éstos para que aprovechen ese requisito legal con el fin de mejorar su labor profesional y, en segundo lugar, en el modo de realizar la mejor programación práctica que pueda aplicarse con eficacia en el aula. Lo que deben aprender nuestros alumnos nace con las enseñanzas mínimas que elabora el Gobierno del Estado; continúa desarrollándose con los currículos que aprueban los gobiernos de las comunidades autónomas; se adapta al entorno del alumno con el proyecto educativo del centro docente y finaliza en el aula, con la programación del profesor. Hay que reconocer que ésta nunca gozó de buena fama. Se viene haciendo, en muchos casos, para cumplir con la Administración y luego permanece «de su dueño tal vez olvidada», como el arpa de Bécquer. Ha sido considerada más un documento burocrático que un apoyo fundamental al trabajo docente, el cual se planifica siguiendo los libros de texto o, a lo sumo, las guías didácticas que elaboran las propias editoriales. Pues bien, los dos gobiernos tienen actualmente una buena oportunidad para mejorar la situación, sin entrar en otras polémicas estériles. Está empezando a desarrollarse la LOE, y precisamente en el primer nivel, el de las enseñanzas mínimas estatales. Ábrase un debate amplio y participativo sobre lo que deben aprender los alumnos gallegos y hágase una buena campaña para potenciar la formación y el hábito programador del profesorado. El artículo 121 de dicha ley no puede ser más claro a este respecto y además nos recuerda otras dos asignaturas pendientes de nuestra educación institucional: la coordinación entre la educación primaria y la secundaria, dos clásicos compartimentos estancos; y la necesidad de compromiso entre la familia y el centro docente. Pero el papel no sólo tiene que «aguantar do que lle poñen», sino que debe ser llevado a la práctica con los recursos que tenemos; y éstos son suficientes y buenos, tanto a nivel material como humano. Todos los que tenemos responsabilidades en el sistema educativo debemos intentar conseguir que la programación docente se vaya convirtiendo en un elemento útil y eficaz del quehacer docente. Pero aún falta labor de motivación y de apoyo. Aún no hay plena confianza en su aplicación y resultados. Por lo tanto, la mejor solución no es empezar por el control, porque los resultados que va a dar ya los conocemos de antemano. Basta repasar la historia de este documento pedagógico-administrativo.