MUCHA GENTE ve el cambio climático como algo que ocurre en Conchinchina, un tema del que hablan de vez en cuando en el telediario, una presunta amenaza que da de comer a los expertos en crisis que a saber si va a suceder. En España tenemos por costumbre tomarnos estas cosas a pitorreo. El nuestro no es un país de intelectuales, ni de científicos, ni de investigadores. Los que lo son vienen a representar un estorbo para nuestro sistema inmunitario nacido para arrancar lágrimas y pasiones ante folclóricas, toreros o damas de nuevo cuño gracias a la exposición pública y voluntaria de su monte de Venus bajo unas curvas detonantes del deseo de nuestros varones incapaces de disimular su incontinencia ante la visión. Yo todavía me acuerdo de cuando dos de mis amigos de aquel entonces, Antonio Asensio y José Ilario, trataban de salvar el pellejo por acumulación de deudas y embargos tras dos años de intento fallido de tirar adelante la revista Interviú cuando nuestra piel de toro les trajo su ángel de la guarda en forma de fotos robadas de Pepa Flores, aquella Marisol que ya se había hecho comunista después de tratar de suicidarse por el desamor de Serrat. Múltiples ediciones de aquel número fueron la primera piedra de una gran empresa agraciada por unas tetas de niña prodigio, y desde entonces casi no hemos cambiado: todavía hay una mayoría que cree que El último tango en París fue una película porno en sentido estricto, despreciando el discurso inmenso sobre la soledad humana que representaba la actuación de sus dos protagonistas. Incrédulos, decía, ante lo del cambio climático y sus consecuencias, convendría que se nos informara sobre los que ya se están organizando para crear empresas de suministro de agua, el oro líquido que están acumulando por su escasez, o la crisis energética que debía afectar a nuestros bisnietos y la tenemos delante, tocando las palmas, sin que nos afecte en absoluto. Los esquiadores no tienen nieve y los empresarios del sector ven cómo se hunde este invierno su negocio que emplea a miles de personas aquí y en Rusia, donde tampoco ha nevado. Mientras, en Barcelona no hemos tenido ni que encender la calefacción ni tampoco la oportunidad de ver una gota de lluvia en muchos meses. Los índices de contaminación en esta ciudad de prodigios superan en mucho los que están permitidos, y algunos no han dejado de ir a la playa desde el pasado verano. Pero nadie dice nada. Está claro que no va con nosotros ni el investigar ni el proponer. Eso sí, sea el gobierno que sea, en cuanto los grandes del mundo proponen firmar protocolos medioambientales, sean de Kioto o de donde sean, nuestros gobernantes son los primeros en presumir de firma. Luego, los primeros en incumplirlas todas. Es como el Estatuto de Cataluña, que, después de tantísimo ruido, ahora no puede ponerse en marcha porque asoman elecciones generales. Si contáramos el tiempo que despilfarramos, convendríamos en que somos un país inmensamente rico.