La descubierta

GERARDO GONZÁLEZ MARTÍN

OPINIÓN

12 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

EL MAR lo abarca todo. No hay nada que no quepa en sus aguas. Cuando Antonio Palacios soñaba con ser arquitecto, bajaba desde O Porriño hasta Vigo para ver los trasatlánticos, que le inspiraban luego para sus edificios civiles. En el ajetreado vaivén de las mareas, sístole y diástole del agua salada, en la pleamar y la bajamar, hay mucho más de cuatro mil años de historia. Como ese agua que viene y va, como la moda en el vestir o en la canción, que mañana es igual que hace setenta años, y ayer se parecía mucho a 1950, por decir algo, también la descubierta femenina tiene ciclos que parecen clónicos. Cuando se murió aquel señor de Ferrol del que ya casi nadie se acuerda, se liberaron antes los sostenes que las palomas de la libertad. La calle era una fiesta, y éramos tan nuevos en esto que estoy por apostar que alguno daba por hecho que llamábamos salidos a ciertos amigos porque tenían que salir del país, a Portugal o Francia, para ver la película aquella de Marlon y la cuota láctea convertida en mantequilla. El despelote y la política se unieron entonces en el papel cuché, inteligentemente desde el punto de vista del márketing, y ha sido una unión a prueba de todo divorcio. Aquel tiempo tenía el encanto de que podías seguir la descubierta de una auténtica profesional, desde Nadiuska a Susana Estrada. Dejabas para el ascensor el sobrevolar trémulo sobre el pecho de la vecina del quinto, que si era corta de estatura podía satisfacer tus ansias de ingenua exploración visual. Todo ha vuelto a ser igual un cuarto de siglo más tarde, pero te arriesgas a que al indagar por el escote de la vecina te topes con sus pechos tapados por unas docenas de billetes, y si quieres conocer sus encantos tienes que comprarte una revista en el quiosco de la esquina.