HUBO un tiempo en que la Península fue dominada por las sombras. Devoraron democracias, bibliotecas, películas y fotografías. Quedaron sólo una centena de individuos dispuestos a instaurar un nuevo orden. Aparecían en el televisor a todas horas y hablaban de las cosas que no importaban: corazones rotos en prime time , pendencias amorosas, reyertas de muladar y escupitajo. Los títulos de sus programas, que eran copia de principios del siglo XXI, producían rubor: tomate, dolce vita, dónde estás corazón... El mundo lo gobernaban los cronistas de casquería y sus derivados. Las jerarquías en España las marcaban ellos, ellos elaboraban el Boletín Oficial del Estado, ellos y ellas programaban los sueños de los hombres como en cualquier novela de ciencia ficción. El primer objetivo de los nuevos magnates fue abolir todo tipo de resquicio de inteligencia, sensibilidad y dignidad. Tres palabras prohibidas (inteligencia, sensibilidad, dignidad) para los supervivientes. Crearon un mundo nuevo y consiguieron que la población se interesase por llegar al Conocimiento: nunca hubo tantos matriculados en todas las disciplinas universitarias. Llegaban estudiantes de todas partes, del pueblo más remoto y de la ciudad más europea, de Chinchilla y de Barcelona, de Macondo y de Comala. Los rectores firmaban títulos, como siempre, pero su lectura era otra. Los físicos estudiaban la física relacionada con el corazón, su color rosado, su sabor cítrico y su textura de plastilina. Los arquitectos diseñaban edificios en forma de corazón bermejo y metacrilatado, fosforescente, cegador. Los médicos se especializaban en curar dependencias coronarias que nada tenían que ver con el corazón, su sístole, diástole, los latidos que certifican que la vida, pese a todo, nos va dejando que la vivamos. Los limpiabotas y taxistas hablaban de Victoria, la mujer de un futbolista que asaltaba las tiendas de Serrano armada con una chequera multimillonaria en la que sobresalía, como un tótem, la foto carné de su rubio y atlético y goleador esposo. Los periódicos, que contaban la realidad, dejaron de preocuparse por las negociaciones del Gobierno, leyes, pactos, corrupciones. Los partidos políticos ya no reclamaban usos horarios relacionados con los husos horarios. Las tragedias no importaban ni, mucho menos, que una carretera se hundiese diez años después de haberla construido con el dinero de todos los gallegos. Nada importaba. Nada. Sólo el corazón, los programas del corazón, el asco del corazón con sus lolos, lolas y lolitas bien pagadas. La Península era un territorio feliz y en todas las casas, en las paredes, colgaba un celebrado título universitario en el que se podía leer la definición exacta del nuevo mundo. Sólo una palabra: ¡Estúpido! (Moraleja: o legislan para protegernos de cierta televisión o, escribí arriba, nos dominarán las sombras. Malditas sean).