CAREZCO de preparación precisa para juzgar la responsabilidad del Gobierno en la crisis de Air Madrid. Por una parte, es evidente que Fomento estuvo torpe en todo, aunque dudo que sea una torpeza tan grande como para darle la cabeza de Magdalena Álvarez al Partido Popular. Por otra, la empresa era un desastre de gestión, con retrasos escandalosos, pérdidas económicas difícilmente soportables y, encima, problemas de seguridad. La suma de lo torpe y lo inútil hizo explotar el experimento. Pero, cuando una empresa fracasa y echa el cierre, la responsabilidad primera es suya. Lo que ocurre es que en este país tenemos una enorme facilidad para echar la culpa al Gobierno incluso de la sequía. Por tanto, a mí no me escandaliza la responsabilidad política, siempre discutible. Me escandaliza que unos señores han vendido los billetes, han cogido los fondos que había en la caja y han desaparecido del escenario sin devolver un euro. O algo peor: no hemos escuchado una sola promesa de devolverlo. Su primera acción ha sido proteger sus carteras y declararse en suspensión de pagos, que es la forma legal de escapar de guardias y acreedores. Literalmente se han esfumado, y esfumados estarán hasta que el juez Del Olmo los llame a declarar. Por supuesto, todo esto se puede agravar más todavía. Lo que sospecha el fiscal, inspirado en la denuncia que presentó la Organización de Consumidores y Usuarios, es que pudieron hacer una estafa bien tramada, vendiendo billetes a sabiendas de que nunca habría esos vuelos: una especie de timo de la estampita en el ámbito de la aviación. Este tren entra en las vías de la Justicia, y sólo dentro de unos años, cuando Air Madrid sea un lejano recuerdo, un suceso que ocurrió cuando una tal Magdalena Álvarez era ministra, lo veremos en la estación de la claridad. En esa espera, la pregunta sale sola: ¿dónde está el dinero? Pero, ahora que está escrita, ¿no les suena? ¿No les resulta familiar? En este país la inmensa mayoría de los escándalos y episodios delictivos se cierran así: pidiendo un candil para buscar el dinero despistado. Da igual que se trate de corrupción política, urbanística o de choriceo administrativo. Cuando aparecen los responsables, son unos magos que, ante los ojos de jueces y guardias, hacen su juego de manos: nada por aquí, nada por allá, y el dinero desaparece. Y menos mal que hay unas organizaciones sociales, no políticas, que llevan el asunto al fiscal. Porque en el Parlamento, la oposición sólo busca una pieza: la dimisión de algún ministro. Al Congreso se va a cazar políticos, no indicios de delito. A los autores de la estafa presunta parecen decirles, como en la película: «Toma el dinero y corre».