LUÍS VENTOSO
28 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.ASOMBRA lo que logró James Brown. A tenor de cómo discurrió su mocedad, tenía dos horizontes. El bueno: la cadena perpetua. El malo: la cámara de gas. James nació en una choza de un arrabal de Georgia. Su madre lo dejó tirado y sobrevivió como limpiabotas, recolector de algodón y, por fin, delincuente juvenil. No tenía la edad de votar y ya le habían caído ocho años de trena por robo de coches a mano armada. Tras tres años en el caldero, vuelve a la luz y se hace cantante de orquesta. Y ahora viene el milagro: el delincuente iletrado inventa un género, transmuta el soul en funk salvaje y se cuela en la historia como uno de los mayores innovadores de la música viva del siglo XX. Pero James nunca perdió su lado tarambana. En realidad, su biografía tiene una parte odiosa, que lo vuelve intragable. Era despótico con sus subalternos y tenía la afición vil de sacudirle a su mujer (le dejaba la cara como una ensaimada). El tema iba a peor si tocaba colocón. A finales de los 80 volvió a la cárcel. Propietario de un auditorio de congresos, irrumpió en una convención de agentes comerciales puestísimo, pistola en mano y al grito de «¿quién se ha sentado en mi váter?». El vodevil acabó con persecución de coches, disparos, James empotrado contra un árbol y una nueva visita de Mr. Dinamita a prisión. Mucho funk, mucho pastillazo y poco cerebro bajo la melena alisada. ¿Se puede admirar a J. B. conociendo la personalidad real del autor de tanta buena música ardiente? Viejo debate. Rimbaud, poeta único en la adolescencia, se hizo en la treintena traficante de esclavos. ¿Empobrece su vida sus versos? Hay más ejemplos: ¿es posible degustar el gran cine de Leni Riefenstahl y la gran arquitectura de Albert Speer sabiendo que eran los artistas de cámara de Hitler? Malamente. Algo se rompe cuando descubrimos que un alma torcida era la gasolina de un genio.