LA MAYORÍA de los ministros de Interior que son y serán y han sido convocan, convocarán y convocaron ruedas de prensa para informar de los actos y de los hechos. Si un ministro del Interior se viera obligado a dar información sobre la noche de Epifanía, informaría sobre los juguetes y no sobre los Reyes Magos. La ética del cargo pasa por esa sustancia, y no por cualquiera de sus sucedáneos. Un ministro del Interior informa de cosas que se puedan documentar. No está para decir: «Eso que al encender la luz se ha difuminado era o hubiera sido la sombra de Peter Pan». Para informar de lo que no son actos ni hechos, sino imaginaciones y fantasías propias del arte y de la cultura, ya está el Ministerio de Cultura. Y para informar de fantasmagorías y propaganda, así como del estado de las cosas en el departamento de marear perdices y darle vuelo a las burras, está el señor Rubalcaba, aquel que hace años pedía un gobierno que no mintiera, y hoy está de ministro del Interior, coincidencia que es por donde se coge a la puerca el rabo. El ministro del Interior, señor Rubalcaba, convocó una rueda de prensa para informar sobre la nada y su falta de relevancia, y fue tal el crédito que suscitó o la capacidad sugestiva de la flauta con la que amenizó su convocatoria, que al día siguiente todos los medios daban noticia de lo contrario a la nada, para comentar, a continuación, su absoluta relevancia. Y donde Rubalcaba sugería la inexistencia, los medios ponían los pelos y las señales, y donde Rubalcaba subrayaba la falta de relevancia, los medios decían: Josu Ternera. Si este ministro del Interior mete a alguien en la cárcel, será para que se escape vestido de policía. El Gobierno que preside Zapatero es un gabinete cuyos miembros, sin excepción, sueñan con el bastón de mando que todos los soldados de Napoleón llevaban en la mochila. Es un sueño en el que se ven haciendo cosas a las que luego -después de hechas o en el siguiente sueño- van poniendo nombre, sobre todo para saber con certeza lo que han hecho y no confundirlo con lo que no han hecho. Esa presión onírica tiene como efecto una locuacidad llena de plumas y galas con la que se lucen en cuanto despiertan, ya sea para decir que su ministerio no está para pagar vacaciones a quienes ven sus cuatro perras por los suelos cuando deberían verlas por los aires, ya sea para anunciar que eso de los toros se va a acabar o que habrá que subir el precio de la luz o cualquier otra lindeza. Pero Rubalcaba, no. Rubalcaba no dice nada, no dice nada relevante y, sin embargo, habla con la mayor de las relevancias. El bastón de mando es suyo. Es cuestión de preguntárselo para oír como lo niega mientras le pule las cachas.