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Zapatero pide un aplazamiento de su declaración por la «complejidad» del sumario

ME hacen gracia estas cosas de Dios: escoge para nacer hecho hombre un lugar pobre de un pueblo pequeño situado en una nación minúscula y dominada, escoge ser niño y débil, escoge quedarse en nuestras manos torpes para que le cuidemos. No busca la metrópoli, el Nueva York de hoy, ni un palacio o un buen chalé burgués ni viene a lo grande, con estruendosas campañas de márketing preparándole el terreno, ni con demostraciones de fuerza y dominio. Sólo avisa a unos pastores, gente entonces de mala fama, aunque todo el Antiguo Testamento, con sus patriarcas y profetas, constituía un gigantesco anuncio. Pero nadie, de hecho, lo entendió. Salvo unos pocos humildes y algunos sabios. Claro que éstos trabajaban para Herodes -que no era rey, sino un ganstercillo local-, de modo que decidieron negarlo, y negar al tiempo su ciencia, de paso que aprobaban una matanza más, esta vez de niños. Con tales antecedentes, resulta humanamente incomprensible el triunfo de la Navidad en todo el mundo veintiún siglos más tarde. Como proyecto, la Navidad estaba destinada al fracaso: por falta de condiciones objetivas, de apoyo de los líderes de opinión y de inversión publicitaria. Hoy semejante idea sería rechazada en cualquier empresa como triste y loca. Nadie confiaría en tan imposible guión. Y esto, dicen algunos, es la prueba más contundente de su verdad. Quizá constituya también la prueba de que nos creemos muy listos. No hay cátedra como la de ese pesebre donde aprendimos de niños el lenguaje de Dios, su modo de hacerse entender, de explicarnos qué cosas son importantes y cuáles accesorias. Acaso por eso me guste tanto, en estos días, quedarme mucho rato quieto delante del Belén, mirando a José, a María y al Niño. pacosanchez@lavoz.es