LUÍS VENTOSO
21 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.HAY UN lugar común que dice que las grandes naciones, las democracias con solera, funcionan solas. Y algo de eso debe haber. Francia soportó el sarampión de los experimentos con gaseosa del primer Mitterrand, quien probó un tratamiento de marxismo camp que en una nación menos estable habría producido una avería seria. Italia ha tenido un carrusel de gobiernos conservadores golfos y ahí sigue, pitando a pesar de los que mandan. Estados Unidos mantiene sus ritmos de crecimiento, aunque Bush se fumó el superávit de Clinton con su exitoso plan para estabilizar Irak y Afganistán. Los grandes países funcionan incluso con Gobierno, porque los rieles por los que discurre la vida pública se mantienen estables pese a los cambios de Ejecutivo: hay una base de seguridad jurídica y la máquina de la Administración camina ajena a cribas partidistas. Pero en Galicia se perciben indicios de que la máquina está gripada. El sano cambio de cabeza en la Xunta, tras 14 años de lo mismo, se ha traducido en una ralentización de la Administración. El asunto no parece grave, menos para los que lo sufren, claro. El pasado julio, por ejemplo, se celebraron unos exámenes finales para ser funcionario de la escala de finanzas de la Xunta. Es una oposición compleja y limpia, que obliga a superar cuatro pruebas y exige unos tres años de enclaustramiento con bronceado de flexo. Pues bien, cinco meses después de finalizada la oposición, con las notas publicadas ya en el diario oficial, la gente que aprobó sigue esperando que la Xunta la llame para trabajar. Historias similares se escuchan de boca de algunos proveedores, de empleados del sistema sanitario y de gente de la cultura que navega con el agua al cuello a la espera de la inefable subvención que arregla el balance. Tras año y medio de tregua con el debutante, va siendo hora de echarle aceite a la máquina. xto