Los niños

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

09 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

AL bueno del marido le pasó la bala de plata de una enfermedad rozando. Se recuperó. Un milagro. Salió del hospital, como un espectro. Pero salió. Ya está en casa, junto al mar invernizo, de metal, de la ciudad, con la luz del faro lamiendo otra vez las ventanas y las paredes de las habitaciones. Su mujer aguantó el chaparrón y cayó después, de rodillas. Otra vez al pozo, al foso común de la depresión, a la tapia del fusilamiento. La llevas al psiquiatra en las verdes praderas que hay en las afueras de la ciudad del mar. Esperas y lees los versos desnudos de Raymond Carver.?Vuelves a casa, con la moral por los zapatos. Tu hija te asalta. Te dice que la bici ya no es un caballo. Una vecina le dijo que ahora es un poni, un poni volador. Y que, al lado del garaje, tras la cuesta, hay una fuente para que el poni beba y pueda llegar así hasta las nubes. Te lo dice y te recupera de tu soledad. Dejas el frío y te reconcilias algo con la vida. Tu otro hijo, un bebé, es todo bondad. Sólo sabe sonreír. Lo miras, sentado en su sillita. Aún no le oíste el llanto. Cruzas los dedos para que la vida no lo martirice si sigue con ese carácter entre ángel y santo. Vas al trabajo, a por la soldada. Y al final del día escribes estas letras como la resaca de una tormenta. Recuerdas aquel día que el huracán Gordon pasó con su viento maldito por la ciudad. Y se te viene a la cabeza, como una guinda, el arco iris doble que iluminó como una antorcha de colores imposibles el anochecer durante segundos.?Pensaste al verlo que eso es lo que hacen los niños. Los niños nos iluminan, a veces, perdidos como estamos en medio de un desierto oscuro.?En tierra de nadie. Llegan, te asaltan y te iluminan con unas antorchas increíbles. Y esas caras rabiosamente felices que se les ponen por estas fechas. No debería de haber Navidad sin un niño cerca. cesar.casal@lavoz.es