Libre directo

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

08 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA OTRA cara del fútbol, la que hasta ahora no se veía reflejada en los diarios, la que no encumbra a héroes efímeros para colgarlos en la página web de la tradición épica popular, evidencia el lado más oscuro del llamado deporte rey. Acabo de leer que un club señero que conforma en gran medida la imagen exterior de España ha aprobado un presupuesto de cincuenta mil millones de las antiguas pesetas -permítanme la conversión de los euros por una cuestión de pedagogía económica- a la vez que asume una deuda de treinta mil millones. Es el mismo club que hace menos de cinco años vendió su ciudad deportiva convirtiendo su patrimonio histórico en una decisiva inyección de liquidez financiera capaz de sanear su déficit y afrontar un futuro con solvencia económica. Pues ya ven. Existe una obscenidad creciente en las cuentas del fútbol español, consentida y no evitada, un fenómeno que se extiende como una mancha de aceite, por emulación y por ese principio científico tan español del «yo más». Es una constante, un andacio , una plaga y una falta de respeto a los socios y a los ciudadanos. El aficionado no tiene suficientes mecanismos de control, ni cauces orgánicos para vehicular sus exigencias, que en muchas ocasiones se solventan con una adecuada clasificación del equipo o con la fórmula de Fierabrás de los goles como embriagador elixir que todo lo cura. Es un tiro libre directo, el saque de una falta que entra por toda la escuadra, pero esta vez no sorprende al portero; es un tiro contra todos los españoles que actuamos de público desde fuera de los estadios asumiendo condonaciones de deudas, amnistías fiscales y enjuagues de dudosa catadura que muchas veces están cerca del artificio de la llamada ingeniería financiera, por utilizar expresiones veniales. Y como setas en otoño brotan operaciones para salvar clubes históricos asfixiados por deudas insuperables. El Valencia y su estadio reconvertible; el legendario pupas , simpático Atlético de Madrid, con mil vicisitudes y enorme deuda, dispuesto a sacrificar el viejo estadio Calderón para hacer viable su futuro; el Betis, con la memoria del gallego Benito Villamarín en su pasado reciente y empeñado por su dueño, el pintoresco Lopera y así en un suma y sigue en el que no hay demasiadas excepciones. No tengo espacio para escribir de salarios y plantillas, de galácticos y sufridores, ni para referirme a los presidentes y a las directivas, que, con idéntico perfil y desde la misma verborrea, perturban el discurso deportivo. Estoy en fuera de juego, en orsay , y voy a tener que coincidir con Julio Camba y buscar una nueva lectura al deporte más seguido, para entender los porqués de los libres directos que nos meten por la escuadra colectiva.