María

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

NADIE ha visto el terror más cerca. Nadie vio tan a su lado cómo el asesino sacaba la pistola, la ponía en la nuca de su víctima, apretaba el gatillo y sonaba el disparo. ¿Cómo sonará un disparo en un recinto cerrado? ¿Cómo sonará una bala al entrar en la cabeza de un hombre? Ella lo sabe. Lo vio. Estaba al lado de Gregorio Ordóñez. Vio acercarse al asesino. Lo vio ponerse la capucha. Lo vio sacar el arma. Vio el arma. Pensó que era una broma macabra. Pero la ilusión de la broma duró un segundo: el segundo del chasquido del gatillo, del sonido del disparo, la primera sangre, la última sangre, el cuerpo derrumbado. A sangre fría. Si ni usted ni yo somos capaces de olvidar una escena que sólo hemos imaginado, ¿cómo la podrá olvidar María San Gil? María San Gil vio ayer al asesino. Lo vio detrás de aquel cristal blindado tras el que siempre hay una bestia. La bestia de ayer se paseaba de un lado a otro. Alguna foto lo muestra sonriente. Es el mismo Txapote de otros juicios por crímenes similares. La mano del gatillo. María se cruzó la mirada con él. ¿Qué habrá sentido esta mujer? ¿Pasó por su cabeza la idea de la venganza directa? ¿Sintió un odio irrefrenable? ¿O sintió la satisfacción de ver que el verdugo se disponía, por fin, a pagar su culpa? Han pasado casi doce años del crimen; doce años de aquella fría y doliente mañana de enero del 95. La Justicia tardó, pero el verdugo está allí. Encerrado. Ya no es el asesino que huye protegido por su pistola y escondido en su capucha. Es el asesino ante el juez y los guardias. María, María la Grande, presta testimonio con entereza. Tiene la voz entera. Narra con fuerza. No tiene miedo. Perdió para siempre su miedo aquel mediodía de enero. Desde entonces usó los micrófonos para rebelarse contra la ignominia. Utilizó las tribunas para llamar a la rebelión contra la mafia de criminales que es capaz de matar así. Se ha convertido en un símbolo de la lucha por la libertad. Tuvo la valentía de aceptar la presidencia de su partido en el País Vasco, a sabiendas de que se condenaba a vivir con escolta, a temer por sus hijos, a ser la elegida de los pistoleros. Proclamo mi respeto por su serenidad. Pero lo proclamo, sobre todo, por el arrojo de coger el testigo de Gregorio. Esta mujer no hace electoralismo cuando se opone a la negociación. Esta mujer no finge cuando desconfía del proceso. Esta mujer ha visto la saña, la frialdad del terror. Ha visto cómo no le temblaba la mano al verdugo. A esta mujer no le habléis de indulgencia. Una pistola en una nuca condiciona para siempre el pensamiento. Una pistola disparada en la nuca, sobre una buena persona señalada fríamente, no siega sólo una vida. Siega la esperanza de paz.