CADA VEZ sabemos más de nuevas tecnologías. Bajamos películas de Internet y subimos escaleras a ninguna parte: buscando tal vez una película más hermosa para nuestra vida. Sabemos de los astros, de las células y de los quarks. A diario nos muestran los gobernantes el progreso imparable de la naciones de Occidente, incluida la nuestra. Sin embargo, cada vez amamos peor. Nadie nos enseña a amar. En las escuelas postulan educación para la ciudadanía pero a los chavales no les puntúan los sentimientos, ni los sueños. Digo esto herido. Con rabia. A dos pasos del 25 de noviembre, día en que recordamos a las que mueren. Digo las y no los, porque nosotros rara vez morimos a manos de nuestras parejas (o desparejas). La última, en Sevilla. Su ex marido la amenazaba. Y la mató. Ayer, en nuestro Senado, se reunían expertos europeos para hablar de la violencia que sufren las mujeres. Le dedicaron, a la muerta, un minuto de silencio. Después se pusieron a hablar de sus cosas, sus leyes, sus prevenciones que no previenen, sus hipótesis y teorías para resolver lo que nadie resuelve. Porque las mujeres siguen muriendo. Digo que no hay nada más cobarde que un hombre golpeando a una mujer o a un niño, nada más canalla: eso sólo lo hacen los miserables. Existe un tipo de cobarde que en los bajos fondos (los bajos fondos del alma) nunca sale a la calle contigo: para que le digas a los ojos tres o cuatro cosas. Se esconde detrás de su propia frustración y de su insania. A esta clase de tipos nadie les ha enseñado a amar. El amor, lo decía Dante, mueve el sol y las demás estrellas. Pero a nadie se le ha ocurrido colocar el amor en el currículum escolar. Tengo para mí que la violencia de género, la que ejerce el machote canalla, es una cuestión de valores. Y los valores pintan a la baja en esta sociedad de grandes hermanos, aquélla que dibujó Orwell y que parodian con gracia (y estulticia) en la televisión. Cada vez que muere una mujer, cada vez que la empujan, golpean, humillan, gritan... estamos perdiendo todos. Esta sociedad que baja películas de Internet y no sabe bajar al pozo del corazón. El verdadero. Ese que nos hace ser felices. El que nos entristece en los días como hoy. Porque ayer hablaban en el Senado: los expertos. Ninguno ha hablado del amor. Ni las leyes, ni los expertos, dictan lecciones para el corazón. Hemos banalizado la importancia de amar: el amor suena ridículo (¿verdad que a algunos les suena ridícula, y dulzona, esta columna?). Vivimos para fuera, más que para nosotros mismos. El amor no puntúa en el partido de la vida. Puntúan el éxito, el dinero, la fama. Pero hay mujeres que lloran a diario. Han perdido todo, excepto la vida. Es probable que un día de estos se la quiten también y que los expertos sigan legislando, discutiendo, reuniendo. Con un minuto de silencio en su memoria. Para nada, maldita sea. Para nada.