EL PASADO día 19 se celebraron en distintos lugares actos públicos conmemorativos del Día Internacional de las Víctimas de Accidentes de Tráfico, que había instituido la Organización de Naciones Unidas. La finalidad de la dedicación debe ser doble: se tratará tanto de recordar la muerte violenta en las carreteras de tantas y tantas personas, como de fomentar socialmente actitudes de rechazo hacia conductas inicialmente ilícitas, después tantas veces homicidas en sus consecuencias finales. Pero ocurre que el solo rechazo no sirve para la salvaguarda de vidas en el desarrollo del tráfico. Es lícito entonces clamar -como lo hacía el director general de Tráfico en aquella fecha- «por una movilización social, un compromiso y la responsabilidad de todos», sí, pero son necesarias otras cosas más. Es preciso mejorar radicalmente los mecanismos de la prevención de accidentes en distintos ámbitos: seguridad activa y pasiva de vehículos, educación de usuarios, mejora de la red de caminos, justa valoración de las condiciones psicofísicas de aspirantes a la obtención del permiso de conducir, etcétera. Está en la calle el reclamo cada vez más insistente y sonoro por otra valoración judicial más rigurosa de hechos de tráfico con marcada relevancia penal. Y es singularmente necesario mejorar cuanto tenga que ver con los sistemas de vigilancia de tráfico. La frivolidad en la conducción de automóviles, la ignorancia o desprecio de las normas, las negligencias y temeridades, son pautas de conducta en una porción quizás no demasiado elevada de conductores, pero que basta para quebrar el equilibrio de la seguridad vial y para crear alarmas sociales. Frente a esos modos de conducta, notorios en el tráfico de cada día, se requieren los ojos avizores de los agentes de vigilancia del tráfico «a pie de obra», con física presencia en calles y carreteras, en visible ejercicio de legítima autoridad, ni más ni menos que para evitar desmanes de quienes siembran peligros que terminan en tragedias. Todo esto cuesta tal vez muy poco si se trata de evitar siquiera una parte de la inmensa crueldad del tráfico.