CELEBRAR entrevistas con el presidente de Turquía, con el de la República Francesa y con el sumo presidente de Guinea, desarrollar Alianzas de las Civilizaciones e idear la paz para Oriente Medio son episodios y ocurrencias que, consecutivos y en el menor espacio de tiempo, pueden dar una idea de una concepción del mundo sumamente abigarrada, sofisticadamente ingenua y refinadamente cándida, así como de una política exterior tan errática y variopinta como para que el mundo vaya quedándose poco a poco turulato. Si la política errática puede practicarse hacia fuera, y suscitar, entonces, todo un acerico de inquietudes en cuanto al propósito, intención y voluntad de los pasos que se van dando, su práctica hacia el interior no tiene por qué resultar menos estimulante de la imaginación, y de hecho no lo resulta. Hay por ahí unos terroristas que roban pistolas, incendian mobiliario urbano e intentan quemar vivo a un policía. Hay representantes de partidos ilegales, vinculados de un modo u otro con aquéllos, que denuncian actitudes de la oposición que obstaculizan el proceso de paz. Hay vicepresidentas del Gobierno que dicen cara al público que ese proceso es, «como su propio nombre indica, un proceso», y se quedan más anchas que largas. El proceso en sí consiste, por ahora, en que el PSE mantiene sus contactos con Batasuna para decirle a Otegi que si bien debería cesar la violencia, hay que buscar un preacuerdo para la mesa de partidos. De modo que el proceso vendría a ser el proceso previo para un acuerdo cuyo proceso daría lugar a una mesa de partidos, sin que se sepa cuál sería el proceso por el que la violencia callejera entraría en un proceso de extinción. En contraste con esa claridad en los procesos de la política interna, Carlos Solchaga aprovechó un comité federal para indicar que el interés español se encuentra en Europa -donde no parece que nos estén saliendo muy bien las cosas-, en Latinoamérica -donde entre Chaves y Morales sólo acertamos a poner a la Corona de mediadora entre Uruguay y Argentina- y en el reforzamiento del eje atlántico -cosa ante la que Moratinos debió de echarse las manos a la cabeza-. Zapatero respondió al ex ministro de Economía que su política, la de Zapatero, respondía a «principios». Zapatero es muy suyo en lo que se refiere a «principios», o, por lo menos, tan suyo como suya es la vicepresidenta en lo que se refiere al «proceso». Sentado ese punto de partida, lo bueno sería que en vez de repetirnos lo mucho que se deben a los principios y al proceso, nos explicaran cómo y dónde ven los fines y en qué consiste el procedimiento de alcanzar éstos. Por lo demás, ya sabemos que todo el mundo es bueno.