Peluches

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

17 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

UN OSO de peluche fabricado en Alemania en 1925 fue vendido en la sala de subastas Bohan en 38.000 euros. Era, es, un pequeño y escuálido osito blanco, muy deteriorado y envejecido, de edad provecta y triste mirada, quizás empañada por las cataratas que con el paso del tiempo también sufren los ojos de cristal de nuestros amados peluches. La noticia no cuenta quién es su nuevo dueño. Es posible que sea un nieto del primer propietario o simplemente un coleccionista de afectos ayuno de caricias y que habita en un recuerdo de su infancia. A España llegaron muy tarde, como casi todo, los peluches. Esas maravillosas mascotas de felpa, de trapo y serrín, que fueron creciendo con nosotros después de haber sido los confidentes de todos los sueños que nacen en la patria de la niñez. Mis hijos han tenido y tienen guardado en su memoria, en el baúl que sobrevivió a la debacle de los juguetes rotos, de los juegos perdidos, sus compañeros de peluche. El oso Sinforoso tiene la edad de mi hijo mayor, y ahora nos lo dejó en prenda, se quedó a vivir con nosotros porque acaso nos hace más falta que a él contar con su presencia. En nuestro hogar vive una pequeña familia de peluches que, vigilados de cerca por el can Tristón , son la algarabía silenciosa. Ellos, Nacarina, Foqui y una pequeña mascota son nuestros dioses manes, o lares protectores del hogar que inventó para su solaz mudo un territorio en la prosa feliz de Milagros, mi mujer, llamado Maguncia y donde se ubica la fábrica gozosa de las hermosas mascotas de peluche. Son un préstamo vitalicio que hacen a los humanos sus señores fabricantes, comandados por Maga. Yo mismo he tenido junto a mí durante muchos años un muñeco de goma que representaba al conejo de la suerte. Un día volví a la casa de mis padres y ya no pude preguntarle: «¿Qué hay de nuevo, viejo?», porque ya no estaba. Quise suponer que, enfermo de tristeza y de olvido, se había marchado al paraíso de los muñecos perdidos, junto con el soldadito de plomo y otros personajes que viven en los cuentos. Me regaló la fortuna y, en su homenaje, poblé mi casa y mi despacho de dignos sucesores suyos que siguen velando por que todo vaya yendo moderadamente bien. La noticia de la subasta del pequeño teddy -que es el nombre genérico que en el mundo anglosajón se les da a los osos de peluche- avivó mis recuerdos, recuperé el paisaje amable de otros días y me dio la posibilidad de escribir esta columna, que es una deuda saldada que yo había contraído con mis adorados amigos los muñecos de peluche.