Los dilemas del Partido Demócrata

JOSÉ M. DE AREILZA CARVAJAL

OPINIÓN

09 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA CLARA victoria demócrata en las elecciones del 7 de noviembre ha transformado el equilibrio de fuerzas en Washington. En pocas horas, el presidente George W. Bush no ha tenido más remedio que abandonar su discurso de «yo sé qué es lo mejor para mi país», anunciar la dimisión de Donald Rumsfeld y ofrecerse para buscar pactos y consensos con los demócratas, que controlarán el poder legislativo. Desde su reelección hace dos años, el presidente había invertido muy mal un capital político considerable, hasta dilapidarlo, no sólo respecto a Irak, sino en muchos frentes domésticos: educación, energía, impuestos, sanidad. Desde el desastre del huracán Katrina , esta Administración republicana no ha sabido demostrar que era capaz de gestionar bien y los electores han acabado perdiendo la confianza depositada en el presidente Bush. Los escándalos de miembros y allegados del Partido Republicano han contribuido seriamente a este rechazo. Los demócratas tienen ahora una oportunidad de oro para ganar la Casa Blanca en el 2008. Sin embargo, deben resolver antes algunos dilemas serios. Sus electores claramente son más centristas que las bases del partido, orientadas hacia la izquierda (aunque en Europa estarían como mucho en el centro). Los líderes demócratas no tienen más remedio que moderar sus propuestas e incluso apropiarse de partes de la agenda republicana (familia, libre comercio, reforma de los servicios sociales). Además, los electores perciben todavía a los republicanos como más comprometidos con valores de patriotismo, por lo que los demócratas sólo pueden proponer soluciones a la situación de Irak que contribuyan a la estabilidad de la región, con una salida muy gradual de sus tropas. Básicamente apostarán por la continuidad en la guerra global contra el terrorismo, con iniciativas más meditadas. El informe que presentarán próximamente James Baker y Lee Hamilton puede ser la base de un nuevo consenso nacional sobre Irak, que demuestre una vez más la continuidad en la política exterior de EE.?UU. Por otro lado, los demócratas tienen la tentación de iniciar múltiples investigaciones sobre las corruptelas de la Administración Bush, hasta llegar a ejercer sobre el presidente una presión parecida a la que los republicanos sometieron por otras causas a Bill Clinton. Pero un ajuste de cuentas demasiado cruento no beneficiaría al Partido Demócrata. Los electores moderados quieren un poder legislativo guiado por la responsabilidad y el pragmatismo, capaz de llegar a acuerdos con el presidente, que mantiene su poder de veto. Por último, los demócratas aspiran a la Casa Blanca en el 2008 sin tener a estas alturas dos o tres candidatos conocidos, moderados y elegibles. Queda poco tiempo para preparar unas primarias que no sean fratricidas y no concedan ventajas al posible tándem republicano John McCain-Condoleeza Rice. Hillary Clinton será una magnífica contendiente, pero con altas probabilidades de ser derrotada. Otros posibles candidatos demócratas son poco conocidos o están escorados a la izquierda en exceso. El partido necesita otro gobernador como Bill Clinton, un personaje leído, cálido, de instintos (políticos) moderados, capaz de unir a los norteamericanos y de venderles sueños compartidos por todos.