NO TODO lo que se dice, aunque suene abrupto y desagradable, se puede incluir en el capítulo de la crispación política. Porque no todo tiene que ser tan políticamente correcto que no crispe a nadie. Dicho en otras palabras, no debemos ceder a la debilidad de que nuestra política se convierta en una variante pobre del pensamiento único. Todos los días unos culpan a otros de crispar el ambiente político, pero la realidad es que sólo se crispan entre ellos, mientras que la ciudadanía permanece -al menos, por el momento- sosegada y tranquila. Por ello, lejos de pedirles más moderación en las formas, se les debería exigir más entendimiento y más consideración de lo que nos interesa a los ciudadanos. Porque lo que realmente crispa es esa verborrea incontinente que dedican, día tras día, a lo que no nos importa. Ese tiempo perdido y bien cobrado es lo que de verdad irrita, y lo que rebaja a nuestros representantes en la estima general. Creo que la crispación es mala, y así lo he escrito aquí varias veces. Pero es peor la ausencia de discrepancia, de contraste de pareceres, de debates razonados y bien sustentados. Llevarle la contraria al poder no es crispante. Puede ser estúpido si los argumentos que se esgrimen lo son. Pero para pronunciarse sobre ellos tenemos las elecciones, esa cita inexorable. La crispación de verdad se nutre del insulto sin sentido, de la bravata obtusa, de la descalificación gratuita. Y de esto también hay, por desgracia, aunque no tanto como se dice. Echen un vistazo a algunos parlamentos, como el británico por ejemplo, y verán que no tenemos la exclusiva de acaloramientos y exaltaciones. La pasión de los políticos es tan respetable como otras pasiones humanas que también respetamos. Que se calienten la boca no es nada grave. Lo verdaderamente grave es que desciendan a la corrupción y al atropello legal (como ocurre en algunos asuntos de urbanismo) y que nadie ponga el grito en el cielo. No puede ser que el teatro de la crispación nos mantenga entretenidos mientras por debajo, quizá en otros niveles, algunos representantes públicos trafican con suelos, recalificaciones, pelotazos y demás corruptelas. Porque esto sí que crispa y aleja a los ciudadanos de la política. Seguro.