¡CÓMO ESTÁN los ánimos, Dios mío! Las palabras intolerable , inasumible o inaceptable aparecen en multitud de discursos de líderes conservadores. En Cataluña, el candidato Montilla le llama sectario a un entrevistador periodístico. El moderadísimo Solbes califica como «tonterías» los argumentos de la oposición. A Fraga le boicotean una conferencia al grito de «fascista» y «asesino». El fiscal general del Estado cree que «algunos» tienen ganas de que haya muertos del terrorismo¿ Es el clima verbal que se registra en nuestra clase política: una actitud agresiva, tremenda, donde hasta la palabra bronca se queda pequeña, porque hay demasiados indicios de rencor y demasiada aplicación del «todo vale» . El Partido Popular, por ejemplo, tenía tantas ganas de que fracasaran los Presupuestos Generales del Estado, que no le importó votar lo mismo que Esquerra Republicana y alentó a todos los demás nacionalismos a una rebelión contra las cuentas del vicepresidente Solbes. Lo malo es que todo esto se contagia al ambiente judicial. Si hace días veíamos cómo el Consejo General votaba en función de adscripciones ideológicas, ahora se ejerce también una irresistible atracción por las declaraciones periodísticas. Ayer era posible escuchar en las emisoras de radio a señores jueces -siempre tan reservados y discretos- dando doctrina sobre la posición de Conde-Pumpido, que no tuvo su intervención más pacificadora ante el Senado. Hermoso panorama, cuando se trata de renovar el Consejo del Poder Judicial. Así está de revuelto el panorama, por no decir el gallinero. En otras circunstancias lo hubiéramos atribuido a estrategias electorales. ¿A qué lo podemos atribuir hoy? Pues también a lo mismo. Las urnas catalanas están poniendo de los nervios a los protagonistas de nuestra vida pública. Pero, sobre todo, hemos entrado en el tiempo de descuento de las elecciones generales. En el fondo, el Partido Popular aprieta el acelerador del desgaste del Gobierno, para superar esos puntillos que les separan. Por eso resulta tan ingenua la pregunta que a veces se le hace a Zapatero: ¿cuándo tiene previsto reunirse con Rajoy? Es ingenua, porque no están los tiempos para reuniones y, mucho menos, para acuerdos. Con las relaciones entre el poder y la oposición, derivadas a su vez hacia sus diversas terminales, hablar -¿quién lo iba a decir?- parece lo más inútil. Lo grave de la situación no es la pelea. Lo grave es que las grandes cuestiones nacionales, como la abierta en el País Vasco, se resolverán, si se resuelven, sin ningún consenso entre los grandes y con una amenaza: el Partido Popular no aceptará nada de lo acordado. Están jugando a la ruleta rusa. Pero con la pistola en nuestra sien.