PUESTOS a encajar la opa sobre Fadesa, que eleva el nivel de la empresa que fue gallega hasta la fabulosa cantidad de 4.045 millones de euros, se pueden adoptar dos actitudes contrapuestas. La primera, de corte radicalmente liberal, consiste en decir que el dinero no tiene patria, que se trata de una operación de ámbito privado amparada por el derecho mercantil, y que nada hay que decir, desde la perspectiva política, sobre los movimientos de capital que reestructuran y dimensionan el panorama empresarial con cierta periodicidad. Pero también cabe adoptar una segunda perspectiva, que, sin considerar inexorables los movimientos de capital, lamenta que las grandes empresas gallegas sean asaltadas por un capital extracomunitario que hace girar las estrategias empresariales y fiscales entorno a los grandes grupos que operan en Madrid. Si se adopta el primer criterio, la economía gallega sólo está compuesta por pequeñas y medianas empresas que carecen de valor estratégico para los grandes mercados y grupos financieros, a cuya actividad está fiada la generación del empleo y la creación de un tejido empresarial que nuestras instituciones autonómicas regulan e incentivan al margen de los grandes movimientos de la economía española y europea. Y si se adopta la segunda estaríamos ante la tragedia de un país empresarialmente raquítico que, a pesar de alumbrar sorprendentes excepciones como Fenosa, Fadesa, Inditex o Pescanova, siempre acaba perdiendo las joyas de su corona a beneficio de grupos empresariales que nada tienen que ver con Galicia. La única postura que no vale es la que dice -como hace la Xunta- que hay una economía gallega, singular y muy próspera, que en nada se ve afectada por el goteo de opas que está modificando las estrategias empresariales y los flujos inversores de nuestra economía. Si vemos la situación en términos realistas, sería absurdo ponerse a llorar por ciertas empresas que rebasaron las medidas de lo gallego y las capacidades de control que pueden ejercer las fortunas, a veces enormes, de sus propios fundadores. Pero no por eso podemos dejar de lamentarnos por el suicida minifundismo empresarial y financiero en el que nos movemos, por la huera grandilocuencia con la que solemos comentar los éxitos circunstanciales, y por el enervante discurso político -y también académico- que contabiliza como éxitos locales las mismas empresas que luego despide sin duelo en nombre del liberalismo imperante. Para mi visión pesimista y escaldada de la realidad gallega quizá no haya pasado nada. Pero si ponemos sobre la mesa el discurso política y económicamente correcto, la economía de Galicia está recibiendo rejones de muerte.