ESTADO de sospecha. La política del PP, todavía controlada por los protagonistas de la gestión informativa del 11-M, tiene como objetivo lograr que los españoles lleguemos a sospechar que hubo conspiración contra la verdad y golpe de Estado capaz para defenestrar a la derecha del poder nacional. No sólo centran su actividad política en la manida cuestión de mochilas, teléfonos y tipo de explosivos que fueron manipulados en los informes a la judicatura, es que me gustaría saber si en la calle Génova han valorado: el perfil centrista que le queda al primer Partido de la oposición; la soledad política en la que se ha quedado. Con la respuesta resulta fácil deducir que: no alcanzarán la mayoría absoluta de la que estaban cerca antes del 11-M; el rechazo que producen les aleja de fórmulas para construir coaliciones de Gobierno. No me puedo creer que sólo Piqué perciba el desastre. Otra cosa es que los actuales dirigentes del PP sean reos de su propia trayectoria. La situación es parecida a la que se vivió en el año 1986 cuando Fraga se marchó tras las elecciones vascas. La solución puede estar en un proceso de refundación como el que colocó al propio Aznar en el primer plano. De lo contrario, es que alguien está apostando por el máximo riesgo: que la sociedad española se radicalice y vuelvan conductas y actitudes propias de las dos Españas; que la derecha se haga menos centro y más ultra; que las mentiras, corrupciones y fracasos estrepitosos hagan crisis casi de tierra calcinada y se lleven al Gobierno. Las cosas han llegado tan lejos que las relaciones habituales en democracia entre partido del Gobierno y oposición se han hecho irreversiblemente insoportables. De la búsqueda del consenso, que luego se traslada como buena noticia a la sociedad se ha pasado a la guerra total en la que todo vale y donde no hay prisioneros, sólo muertos. Es legítima la confrontación pública de modelos, y resulta clarificadora para el votante, que percibe las diferencias de la oferta. Pero la confrontación por sistema conduce al aislamiento parlamentario y al enrocamiento social. Talantes como los de Piqué y Gallardón han sido condenados a la hoguera de la inquisición, así que no sabemos si están solos predicando en el desierto o los demás ermitaños no se atreven a salir de la cueva.