El verdadero recurso no es de cemento

OPINIÓN

17 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

TENÍA sobre la mesa un montón de revistas de viajes. Pasé las páginas con rapidez y me asombré y me reí con los errores que muchos textos contenían, incluyendo algunos escritos sobre Galicia. Una de las cosas que más me llamó la atención fue el cambio en las imágenes promocionales de las costas, de las playas y de los pueblos y ciudades de la costa mediterránea española, y en particular del tan maltratado litoral levantino. Antes eran los puertos deportivos repletos de barcos, las nuevas fachadas urbanas de hoteles y apartamentos, que cerraban los extensos y abarrotados arenales, y los parques temáticos o similares los que merecían la atención promocional. Ahora en esos mismos lugares se muestran los pequeños espacios naturales que resistieron, la cultura local más o menos auténtica, las aves acuáticas, los pueblos tradicionales, y las calas semivacías. Lo que ya casi no les queda. Lo que aquí tenemos. Si ahora se valora más allí es porque no queda. Recordé a un buen amigo, profesor universitario, que en su día se empeñó en defender la conservación de un pequeño humedal levantino ante las presiones inmobiliarias. Primero recibió propuestas de contraprestaciones; después llegaron las amenazas personales y familiares. Ahora aquel humedal aparecía en la promoción. No es esta una realidad tan lejana a nosotros. Aquí todavía hay muchas personas, muchos alcaldes, muchos ciudadanos, muchos promotores, que siguen anhelando contar con esos puertos deportivos, con esas construcciones modernas sobre sus playas, con las grandes urbanizaciones mirando al mar. Siguen pensando que ese es el futuro turístico de su pueblo, de su municipio. No sé si tendremos que pagar el penoso tributo de repetir los errores de otros o seremos capaces de aprender en cabeza ajena. A estas alturas ya deberíamos saber que nuestro recurso es el paisaje, la naturaleza, la cultura, el patrimonio construido y el inmaterial también. Naturalmente sin exagerar, porque ni aquí están los acantilados más altos de Europa, ni las dunas más extensas, como dice la campaña oficial de promoción turística, pero con lo que tenemos es más que suficiente para competir. Sólo dejaremos de ser competitivos si no valoramos ni conservamos nuestros valores, o si adulteramos nuestros recursos y productos. Ello no quiere decir que no se pueda aprovechar esta oportunidad para crear riqueza, para incrementar la oferta de alojamientos, viviendas o dotaciones al servicio del turismo. Sólo es necesaria una cosa: hacer bien lo que se hace, pensando antes en el coste ambiental, paisajístico o cultural, y después cotejarlo con los perjuicios inducidos, para tomar la decisión acertada. Y añadir e ello una dosis de sentido común, de cultura y de buen gusto, que normalmente suelen ir asociados, pero que tanto parecen escasear.