LOS SOLDADOS que servíamos en el regimiento acorazado Alcázar de Toledo 61 comíamos de maravilla, porque disponíamos de bandejas compartimentadas, de acero inoxidable, que nos permitían recoger el rancho de forma adecuada para su consumo. Pero los del regimiento mecanizado Asturias 31 , que siempre nos acompañaba en las maniobras, comían muy mal, y tiraban el rancho a las letrinas, porque solo disponían de la clásica marmita de aluminio del infante español, que está en servicio desde los Tercios de Flandes, y en ella tenían que mezclar la ensalada con los garbanzos (recipiente uno), y el filete pobre -entomatado- con el flan de huevo y nata (recipiente dos). El pan lo llevaban en la boca, y el vaso de vino tinto lo bebían antes de recoger la comida. Las cocinas y los menús eran idénticos, pero el resultado para cada regimiento se movía entre la óptima alimentación de los acorazados y la pésima de los mecanizados. Si los dirigentes del PP hubiesen hecho la mili en El Goloso, seguramente entenderían por qué los electores le están dando la espalda. Y, en vez de preguntarse qué le pasa a su flan, a sus garbanzos y a su ensalada (metáforas de sus políticas públicas), se darían cuenta de que el fallo de Rajoy no está en el sabor de cada plato, sino en el hecho de servir su menú en forma de revuelto insoportable. Muchos electores naturales del PP se están pasando a las colas del PSOE por la misma razón que los soldados del Asturias 31 se ponían a la cola del Alcázar de Toledo 61 : para que les prestásemos la bandeja de acero -todavía sin lavar- y poder comer algo digerible. No estoy seguro de que la política de inmigración de Rajoy sea peor que la de Zapatero, porque las dos han fallado. Tampoco sé si el progresismo social del PSOE es más integrador y atractivo que la moralina laica que nos administraba el PP. Y en modo alguno me atrevería a decir que el PSOE tiene ventaja sobre el PP en su comprensión de Europa, en la gestión de los conflictos armados, en la modernización de las Administraciones, en las reformas constitucionales, en la política de obras públicas y en la contrarreforma perenne de la educación, la sanidad, la política fiscal y laboral y las pensiones. Los ingredientes de todas estas políticas son casi idénticos, y, en muchos casos, mirando plato por plato, incluso huele mejor la cocina de Rajoy que la de Zapatero. Pero a la hora de servir el rancho, el PP suele hacerlo por la brava, en una sola marmita, y mezclando sin pudor la lechuga con los garbanzos y el flan de nata y huevo con el filete entomatado. Y por eso acabamos casi todos -salvo el retén y la guardia- haciendo cola, con bandeja, en la fila de Zapatero. ¿O no?