QUERIDO MUNDO | O |
03 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.ME DETUVE ayer a mirar en un quiosco las primeras páginas de los principales diarios españoles. Galicia sobresalía en todos ellos como el nombre de un desastre ecológico y medioambiental. Allí estaba la nube negra de Caldas. Y el río Umia intoxicado, amenazando la ría de Arousa. Y las llamas voraces de Quiroga. Y la memoria -humeante aún- de ochenta mil hectáreas arrasadas por unos incendios desaforados, fruto de alguna locura suicida. Galicia me pareció de nuevo encerrada en una esquela, con sus cenizas arrojadas a los mil ríos, mares y cielos que la bendicen. Y entonces empecé a pensar en lo que ocurrió este verano y en esa maldita resignación (en vano camuflada) con la que ya aceptamos que esta catástrofe no será la última. Esa sabiduría que sólo nos enseña a luchar y morir estoica y estúpidamente. Ese maldito pesimismo que nos reduce a espectadores de nuestra propia impotencia. Miraba las primeras páginas y no me lo podía creer. Porque sé lo que eso quiere decir en términos periodísticos. Me lo dijo en una ocasión un brillante político americano: «Los países pobres sólo somos noticia destacada por nuestras desgracias: ese día nos dan las primeras páginas en todo el mundo y nos sitúan en los mapas». Por eso me disgustaba ayer ver ese retrato tercermundista de nuestra tierra. Porque Galicia no es ya parte de ese olvido. Ya no somos desheredados de la tierra. Tenemos la energía necesaria para combatir la adversidad: lo hemos demostrado todas las veces que fue necesario hacerlo. Sólo nos falta creer que no somos víctimas de una maldición bíblica y que nuestra aceptación de la desgracia es el mejor aliado para que esta se repita. Por eso debemos volvernos exigentes y hacer un seguimiento riguroso de promesas y compromisos. Porque nuestros males tienen remedio. Sólo nos falta creer que es así.