MUCHAS grandes ciudades del mundo han ido dotándose de nuevos parques públicos a medida que se desparramaban más allá de sus lindes históricos. Fincas de familias de fino linaje y bolsillo pelado, o terrenos fabriles abandonados, se recuperaron como flamantes espacios verdes. En otros casos, se comenzaron a diseñar los pulmones vegetales casi en el albor de las poblaciones. Así, Boston reservó terreno para jardines en una ordenanza de 1894. El resultado es que hoy ofrece una hectárea de parque por cada 94 vecinos. Esas parcelas umbrías en medio de las metrópolis, con árboles añosos, estanques y zonas de juegos, constituyen un oasis de sosiego. ¿Sería lo mismo Londres sin las sendas de James's Park? ¿Se puede concebir Nueva York sin el alivio de Central Park, o Roma sin el reposo de Villa Borghese? Además de calcinar nuestros montes chisqueiro en ristre, los gallegos tampoco hemos sabido defender el verdor de nuestras ciudades. Según un informe del año pasado, la urbe mejor parada era Santiago, con 15,8 metros cuadrados de zona verde por habitante (en Viena, por ejemplo, son 25). A Coruña se queda en 8,5, y Vigo, en unos descorazonadores 6,3 metros. A los concellos gallegos, que andan justos de fondos, no se les pasa por la cabeza crear parques frondosos, y si hacen algo, es en zonas inhóspitas o alejadas. En cuanto queda libre una parcela golosa, se dedica presto al pelotazo inmobiliario, dejando, eso sí, una pequeña plazoleta con jardineras; o un pradito, al que con hiperbólica ligereza se llama parque. Resultado: en la época de mayor desarrollo de Galicia nos han condenado a la grisura. Es paradigmático pensar que si los ediles actuales tuviesen a mano los solares que ahora ocupan el parque vigués de O Castro, o los jardines de Méndez Núñez, seguro que los sembraban... de pisos.