Lo que Saramago ignora

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

JOSÉ Saramago, premio Nobel de Literatura, ha hecho pública una carta al director de su diario para explicar urbi et orbe que andaba dándole vueltas a una pieza sobre la situación en Oriente Medio, de la que ya tenía escrito el título, cuando tuvo a bien caer del guindo y darse cuenta de que ese título resultaba tan significativo y explícito como para hacer redundante todo lo que a continuación se le ocurriera escribir. El título en cuestión rezaba: «Mientras haya un palestino vivo, el holocausto continúa». Pese a la suficiencia atribuida al título por su autor, no es tan fácil hacerse una idea de lo que el premio Nobel hubiera sido capaz de escribir a continuación, a menos que se dé por buena la suposición de que su propósito no habría sido otro que la identificación del palestino contemporáneo con las víctimas de un holocausto que mantuviera su vigencia. Es una pirueta indudablemente artística esa manera de referirse a las cosas cuando se puede hablar de ellas de un modo mucho menos fantástico, pues si se pretende hacer al palestino la víctima de lo que pasa, basta con hablar de su masacre a manos del imperialismo israelí, judío, hebreo o sionista. Nadie le dicta a uno el modo en que elige hablar de algo que está tan ante las narices de todo el mundo como para que todo el mundo pueda juzgar lo que ocurre y lo que se dice. Es muy cierto que la actualidad suscita todo tipo de imaginaciones y fantasías. La actualidad está para eso, pero también para servir de confirmación y contraste de todo lo que se dice de ella. Para lo que no está es para verse mezclada con el pasado en comparaciones tan interesadas como para resultar torticeras, o tan estrafalarias como para resultar frívolas. Lo malo de la relación establecida por Saramago entre el holocausto pasado y el palestino contemporáneo no es que sea tan falsa como es. Lo auténticamente malo y perverso es que resulta tenebrosa y siniestra en su elocuente voluntad de confundirlo todo, de plantear como realidad lo que no está pasando, y como historia lo que nunca fue, pues ocurrió al contrario de lo que se intenta hacer pasar por una sublimación histórica. Porque cuando el holocausto estaba funcionando con su más cruda vigencia, el palestino estaba del lado de Hitler. Es lo que cuenta la historia de Palestina, mucho antes de que existiera el Estado de Israel. El 8 de mayo de 1921 fue elegido gran muftí de Jerusalén May Hajj Amín, cabecilla de los motines antijudíos del año anterior. Desaparecido con la caída del imperio otomano el sultán que desempeñaba el liderazgo de los árabes musulmanes, el gran muftí pasó a ser su representante supremo. En cuanto a los motines y sus reacciones de autodefensa, formaban parte de la normalidad palestina sujeta -es un decir- a las promesas de la ley Balfour (1917) en cuanto a la creación de un Hogar Nacional Judío. El 21 de noviembre de 1941, veinte años después de su nombramiento, Hajj Amín era recibido por Hitler en Berlín. Amín había proclamado la Yihad contra los Aliados días antes en Bagdad. Hitler le prometió todo su apoyo en cuanto tuviera lugar la capitulación de la URSS. Puede que Saramago ignore estas peripecias.